EL CONEJO BLANCO EN LA NIEVE
Suena La Cavalleria rusticana del maestro Mascagni. Un tipo baila en el ring. Lanza sus ganchos, gira su torso, levanta la guardia, combinaciones, baila los pies. Un tipo baila en el ring. Esa es la escena. Es la “intro”. Es Jake La Motta. Ranging Bull, Toro Salvaje. Así comienza. Un tipo – ahora ya con nombre y apellido -, Jake La Motta, el boxeador.
Hay cientos, miles y millones de cosas ya dichas. Palabras, párrafos, textos, publicaciones, estudios y, la enumeración podría seguir y seguir para al final, terminar diciendo básicamente lo mismo. Porque redundamos, reiteramos, repetimos constantemente en esa-nuestra intención de querer decir, de querer contar, de recordar que existe la urgencia de hablar alto, claro y sin tapujos. En mi caso, mi intención no es hacer crítica cinematográfica, literaria, musical o artística en este texto. No, no lo haré en este breve tiempo que le tomo prestado, desconocido lector. Recurro a ello como quien recurre a esas otras fuentes.
- Hoy quiero dejarme inspirar por esas cosas que a uno le tocan. Me dejaré llevar y, puede que salte del cine a la música. De la literatura al lienzo. Esas cosas que a uno le tocan. Las cosas que al final o, ya desde el principio, otorgan sentido a estas letras escritas para y por un contexto: CULTURA. -
Jake en el ring.
Luce sus mejores galas. Altas botas negras, su calzón de boxeador, sus recién limpios guantes y, sobre todo, su preciado kitsch albornoz moteado. Baila. Se prepara para el asalto. Él sólo. Siempre quiso mantenerse al margen pero la ballena consiguió finalmente devorarlo para escupirlo después en la playa de alguna solitaria isla donde <<…and the Ranging Bull…>> ya no resuena. Sólo suenan los recuerdos para ese toro domado tumbado en la arena. ¿Por qué me suena familiar? ¿Por qué me hace decirlo aquí y ahora? Básico; porque así también nosotros. Y cuando digo nosotros, incluyo a todos los que estamos dentro de ese ring llamado sociedad, donde cada uno elige sus guantes. Los nuestros llevan escrita la palabra CULTURA; que se lea bien claro. Peleamos con ellos. Nos protegemos con ellos. Noqueamos con ellos. Todo depende. A veces cae uno, a veces el otro.
- Nosotros en un ring. Lanzamos unos ganchos, giramos el torso, levantamos la guardia, combinaciones, bailamos los pies. Unos bailando en el ring. Esa es la escena. Es la metáfora. Es hoy, ayer, anteayer, mañana y, si no nos tumban, pasado mañana. Nosotros, “salvajes”, contra ellos, “domados” que ahora intentan domar. -
Hablo de los campeones de los pesos pesados que lucen el magnífico cinturón de oro ensartado con preciosos diamantes. Los que han hecho suyo lo que es de todos, para lucirlo a su pleno antojo. Los que han convertido ese bien, ese patrimonio, ese valor universal y colectivo, esa cosa vital de nombre Cultura, en una moneda de cambio. Un cinturón de oro y gemas. Un trofeo con el cual engalanarse y seducir. Capitanes Ajab que clavan el doblón de oro en el mástil mayor. Donde todos lo puedan ver y ser seducidos por su brillo bajo un rayo de sol. Capitanes cuya meta única es dar caza antes que nadie a la “gran ballena blanca” – hablamos de ti, Moby-Dick -. Movidos sólo por una obsesión, aunque para alcanzar su propósito acaben con todo, con todos. Ellos; Instituciones de Cultura. Los de las gestas y no gestiones. Los de las políticas. Los que dictan las grandes verdades y las grandes mentiras. Los que nos tienen contra las cuerdas, agazapados, con la guardia en alto frenando la embestida.
- Derechazos, esa izquierda que duele también… -
Mientras, agonizamos en ese margen desde donde recordamos que todo estaba amañado, que debíamos caer en el decimotercer asalto. Debatiéndonos si dejarnos caer o seguir ahí gritando como Jake << !dame! ¡dame fuerte! Pero, yo no he caído… >>. Seguimos en pie. Hablando. Proponiendo al margen. Desde las cuerdas, márgenes de ese ring donde lo que verdaderamente importa no es vencer o perder, si no mostrar lo que el público viene buscando, lo que vienen a ver y, por tanto exigen: ESPECTÁCULO. Demandan algo. Algo que no les resulte ajeno. Algo que comprendan. Algo que les afecte y donde se vean identificados. En vivo y en directo. En su verdadera forma. Su verdadero rostro. Lo que reconozcan y donde se sientan partícipes. Están en su derecho. Sólo piden que se muestre la verdad. Y la verdad está muy lejos de ese juego. Del “salvaje” y el “domador”. Del apaño y los amaños. Muy lejos de todo juego. Porque señores, señoras, hablamos de esa cosa que nos hace ser nosotros. Hablamos de Cultura. Y, repetir la palabra la hace aún más presente, tenerla más en cuenta.
- Hay un ring. Hay unas cuerdas. Hay una pelea. Alguien oyó el grito de Jake. Suben las apuestas. -
Esto dejó de ser boxeo. Ahora es una cuestión de fuerza y tenacidad. Incluso de bravuconadas y faroles. Todo es poco si uno se quiere hacer oír. Todo es poco si uno quiere cambiar las tablas. No más trofeos. La cosa no puede rebajarse a un simple cinturón de oro y gemas. La cosa es la lona sobre la que nos movemos en ese impetuoso y violento baile. Nosotros somos tan solo los que deciden lanzarse sobre ella, para mostrar en ella. Quienes han decidido cambiar las reglas y convertirlo todo en una grand premier, van venciendo.
- Hay un ring. Hay una escena. Hay unos en las cuerdas, en los márgenes del ring. Bailan el ring. Lanzan sus ganchos, giran sus torsos, levantan la guardia, combinaciones, bailan los pies. Unos cuantos, unos muchos que bailan en el ring. Ahora mismo en las cuerdas. Otros, unos pocos levantando los brazos. Fanfarrones que creen haber vencido ya. Ignorantes que no nos tienen miedo. Esa la escena, pero no el final. -
Hoy quiero hablar.
- ¿de cuál de todo? -
De esto: urgencia de hablar alto, claro y sin tapujos.
- Y, ¿de qué? -
De la deriva cultural a la que nos están llevando las grandes Instituciones Culturales con sus políticas y gestiones. Esas que buscan las “grandes historias”, las “grandes hazañas”, la “gran ballena blanca”, dejando de lado las cuestiones que competen a la mayoría; desatendiendo las preocupaciones y las demandas de aquellos a los que han convertido, por defecto, en poco más que “público”. Público que ha de conformarse con ver – que no mirar – e intentar entender lo que mandan los “dictados del señor”. – Esto suena a Religión… -. Y es que herederos de lo que nos dejaron quienes comenzaron con todo esto, la Religión se sustituye por la Cultura. Entonces hacen acto de presencia los duchos, los que dictan, los “señores”, “Señores de la Cultura”, la élite, los que traman el panorama intelectual y cultural. Ahí, en ese entramado – que no complejo – panorama, es donde surge lo que encaja y lo que no. Los que están dentro y los que quedan fuera o, para su incomodidad, los que quedan al margen. Los de nombre y apellido y, los anónimos. Eso sí, anónimos con voz.
- Curioso, si cabe, descubrir en una rápida ponderación cuántos hay de unos y cuántos de otros. Curioso descubrirnos en nuestra condición. Dónde estamos, cuántos somos, quiénes somos. -
- Hablar. -
- Alto, claro y sin tapujos. -
Tenemos a los “señores que dictan” y tenemos a los anónimos sin voz. Capitanes y marinos.
- Ahora ya no estamos en un ring. Ahora estamos en un barco. El Pequod del viejo Melville. Un cambio de escenario, nada más. -
- Tac, tac, tac, capitán Ajab. -
Ajab. Capitán. Capitanes. – ¿Ya lo dije antes? Está bien… Volvamos a eso. Un ejercicio de memoria. – Había un doblón de oro. Ellos lo tienen. Estaba allí clavado, en el mástil mayor. El rumbo fijado. Uno muy claro: la hazaña, la caza, el trofeo, la “gran ballena blanca”, – hablamos de ti, Moby-Dick -. Sólo cabe una posibilidad: la del capitán. Aunque esto suponga la deriva y el hundimiento del Pequod. Ahora nuestro barco tiene nombre – un buen nombre, no cabe duda -. Resuenan las otras voces, mudas para quienes no desean oír. Las de los cien marinos. La tripulación. Nosotros. Los que tripulamos. No tenemos el mando, pero sí la opción de callar o hablar. De dejarnos llevar como ciegos a la deriva por un ciego capitán, en ese patético peregrinaje a la caída, al completo y más absoluto vacio.
- Como en el óleo de Brueghel. La parábola de los ciegos. Lucas 6:39. << Sólo la desgracia se puede esperar cuando un ciego guía a otro ciego. >> El primero ya ha caído. El segundo está a punto de hacerlo… -
Vacio cultural. – Terrible -. Ese es el peligro que corremos si nos dejamos seducir, anulando nuestras voces plurales y alternativas. Y, más aún. El problema surgirá cuando comencemos a competir entre nosotros – él-ellos lo sabe, lo saben -, y así, nos perderemos, nos desperdigaremos y, ya no lograremos hacernos oír. Peor si cabe, sometidos a su merced, a sus propósitos. ¿Quién gritará primero – ¡ballena va! – ?. El individualismo y la competitividad. Entre nosotros. Para bien de ellos. Pero hay alternativas, hay propuestas, espacios desde donde podemos unir nuestras palabras, nuestras mil propuestas, para hacernos oír, para dejarnos ver tal y como somos. Marineros dispuestos a cambiar el rumbo. Amotinados cansados de lanzar botellas con mensajes a la mar, esperando a quienes las encuentren y, decidan dedicarle un tiempo a mirar, escuchar, leer, oír… Somos cientos. Cientos de miradas. Multiplicidad.
- Democratización de la cultura. Internet-nosotros-yo-ahora-aquí-hablando-alto-claro-vosotros-lectores-leyendo, recapacitando. Con eso ya habrá sido. Y, eso, únicamente eso, basta para empezar a cambiar. -
Hay algo más.
El hermano de Leólo y su madre en la consulta. Le preguntan que muestre su dibujo. Un papel en blanco. Él, lleno de orgullo, sonríe. Madre y doctor le observan indecisos, curiosos, impactados, anonadados. No lo ven. No porque no esté, si no porque no han educado bien su mirada. El hermano de Leólo se extraña. Cree caer en la causa de la perplejidad que denota en su madre y en el doctor. Coge el papel en blanco de las manos de mamá. Lo gira. Lo estaban viendo del revés. ¡Cómo van a verlo así! Mira a su madre. Mira al doctor. Siguen sin ver nada. Entonces decide hablar. – ¡Es un conejo blanco en la nieve! ¿Lo veis ahora? -. Madre y doctor se miran. Madre agacha la cabeza y después mira a su hijo. No pasa nada. Él es así. Él no comprende cómo es que no lo ven. Allí agazapado sobre la nieve, con todo detalle. Está claro, no miran con atención.
- Hablé antes de miradas. -
- En esa gran nada o, ese gran todo, comienzan a aparecer cientos de conejos. ¡Magia! Comienza a intuirse el instante del conejo blanco en la nieve. La cultura está viva. -
Está claro, ellos mandan, no me olvido. Aún queda mucho por hacer. Si seguimos rumbo nos vamos al garete. Pero ya fijaron rumbo, ya. No podemos cambiarlo aún, somos marineros no capitanes. En cambio si podemos dejar rastros, huellas para quien nos pueda llegar y querer oír. Muchas botellas con mensajes que lanzar a la mar. A esos que deciden escuchar:
- S.O.S. -
. . . – - – . . .
- Suena La Cavalleria rusticana, ¿puede usted oírla desconocido lector? Puede. -
- Bailemos en el ring. Bailemos en el barco. Bailemos en la nieve. Bailemos. Bailemos y hablemos. Esa es la escena. -
- Disculpe, ¡qué mal educado!, no me presenté… Ión Cía Álvaro. Achantie. -
