Buenos Aires: desafíos culturales para el s.XXI
Buenos Aires, es sin lugar a dudas una ciudad cultural. Productora y creadora de intensa actividad artística. Se la considera la capital cultural del MERCOSUR y hasta de América del Sur, ya que su tradición cultural se fue consolidando a lo largo del siglo XX y su calidad y diversidad repercutieron en toda América latina. Por su actividad teatral, por la producción en artes plásticas, por la industria cinematográfica, por la industria editorial, por su propuesta lírica o de danza, podríamos mencionar un sin fin de sectores del arte y la cultura que han sido prueba de su multifacética capacidad creativa. Pero, ¿podemos continuar mirando solamente ese pasado luego de los profundos cambios que se han producido en la última década?
La crisis socio-económica-política del 2001 fue un punto de inflexión para la sociedad argentina incluida la capital del país. Cuando todo se derrumbaba la cultura sostuvo, en parte, los restos de un entramado social que explotaba, este se preservó en las callecitas menos rutilantes de los barrios porteños sostenida por los vecinos.
La producción cultural de los habitantes porteños a través del teatro comunitario, las bibliotecas populares, los colectivos de artistas plásticos, las murgas, el circo social, el arte callejero y otras tantas formas de expresión contemporánea ayudó a sostener la cohesión social en una ciudad compleja y convulsionada. La urbe porteña continuó culturalmente viva. Esa vitalidad, que continúa en crecimiento hoy, esconde asombrosas propuesta estéticas que permanecen muchas veces en la periferia porteña, en los barrios más humildes y posee una fuerza que hace vibrar porque contempla y expresa lo genuino, aquello que aún no se ha contaminado.
Con el correr de esta primera década del siglo la ciudad recuperó su brillo y desde el ámbito de la producción comercial se produjo una explosión en la oferta, al amparo de la estabilidad económica y de la recuperación de la clase media, tradicional valuarte del consumo del arte, y desde el ámbito oficial se volvió a invertir en el sector con mayor holgura. Las dos jurisdicciones estatales que se superponen en su accionar en el territorio porteño , el Ministerio de Cultura de la Ciudad Autónoma y la Secretaría de Cultura de la Nación, plantearon una política cultural desde otro eje que es el de la consolidación de un polo de atracción turístico-cultural.
La ciudad-polo-cultural-turístico que cada día amplía su oferta no mira a los barrios y su producción, esos que son los hacedores de la otra cultura, la contracara de “las luces del centro”.
Respecto al ámbito estatal/oficial la ciudad posee una infraestructura muy completa en cuanto a salas de teatro de todos los niveles agrupadas en el denominado Complejo Teatral de Buenos Aires perteneciente al Ministerio de Cultura porteño, que está integrado por una veintena de salas, incluido el teatro lírico más importante de la Argentina, el Teatro Colón; el gobierno nacional sólo contribuye con una sala de teatro, el clásico Teatro Nacional Cervantes.
Sin embargo, podemos destacar que lo más interesante en esta materia es la producción teatral enorme del “off” o salas independientes, muchas de ellas ubicadas en los barrios mas alejados de la centralidad porteña, estas suman más espacios dedicados al arte escénico que la ciudad de Nueva York. Esta producción se levanta y sostiene con el esfuerzo y el amor al arte de una inmensa cantidad de mujeres y hombres que dedican sus horas de ocio, o de descanso para gestar propuestas teatrales, musicales o de danza. Es en este espacio en el cual la sangre corre con más fuerza y da paso a esa ciudad profunda y de grandes corazones que impulsa las nuevas tendencias y prueba las experiencias más riesgosas so pena de no ser comprendidas por el público o por el establishment. Aquí es dónde lo estatal no aparece como sostén ni como guía y deja librada a su suerte, por su falta de accionar o incentivo a los artistas/gestores.
Si bien cabe mencionar que existen programas de ayuda a esta actividad como lo son Pro-Teatro o Pro Danza, o los subsidios del Instituto Nacional de Teatro o del Fondo Nacional de las Artes, y muy recientemente el Régimen de promoción cultural para el incentivo de la participación privada, estos no son suficientes para tamaña cantidad de compañías y agrupaciones.
Estamos, en una etapa novedosa de nuestra producción cultural independiente, aprendiendo y disfrutando de las nuevas generaciones de artistas y trabajadores de la cultura, vecinos-gestores de movidas que han llegado con nuevos aires a generar acciones, actuando desde los bordes para contribuir y enriquecer las manifestaciones culturales de la ciudad, la contrapartida de la ciudad para mostrar, del polo turístico.
Desde el ámbito oficial del Estado porteño, se ha volcado el esfuerzo en la última década a impulsar la ciudad como capital de festivales y se ha embarcado en el fomento de grandes festivales que se llevan el porcentaje más elevado del presupuesto del área, por ejemplo el Festival Internacional de Teatro, el BAFICI (Festival de Cine Independiente), el de Tango, como mayores exponentes aunque no los únicos. Aquí aparece fuertemente la disyuntiva que quisiera marcar: ¿Es pertinente que con los dineros públicos de los contribuyentes porteños las autoridades del Ministerio de Cultura local sostengan una actividad “festivalera” permanente y que esto reste el apoyo a las producciones independientes y a los centros culturales barriales?.
Nadie duda que la ciudad posee méritos suficientes para ser considerada un centro de desarrollo turístico y de convenciones, tanto como por su atractivo patrimonial desde el punto vista arquitectónico, como por su oferta gastronómica y de espacios destinados a encuentros y seminarios internacionales, por ejemplo, pero este enfoque no debiera desmerecer el insustituible estímulo e incentivo que las políticas estatales tienen la obligación de sostener para todos los sectores del quehacer cultural.
Reflexionemos sobre cuánto de la cultura barrial que ha definido la esencia, la identidad de esta urbe, no se torna visible, se diluye muchas veces o se sostiene a duras penas sin el apoyo estatal que direcciona sus esfuerzos a incentivar productos atractivos para los turistas . No estoy pensando en una ciudad cerrada al turismo internacional, no reniego de ello y celebro que mi ciudad reciba al turismo extranjero bien preparada y con abundante oferta pero no en desmedro de otros aspectos tan meritorios de la producción cultural y de las necesidades de sus ciudadanos. Es importante reconocer para ser justos que el aporte del turismo tiene una incidencia muy positiva para el presupuesto de Buenos Aires. Observamos este aspecto que refuerza la idea de sostener a rajatabla el sitio de polo turístico-cultural en el producto “Tango”, ahora distinguido como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, bien identitario de estas orillas del Río de la Plata, compartido con la querida ciudad de Montevideo, esto no justifica apoyar mayoritariamente los negocios y actividades que se gestan alrededor de la “ciudad tanguera”. Tengamos cuidado en qué convertimos este acervo patrimonial si continuamos en esta espiral de inventos dedicados a mostrar al visitante un “modelo for export” que dista mucho de la esencia del arrabal al que le compusieron los grandes músicos y poetas de los años 30, 40 y 50 del siglo pasado.
La tensión entre estos tres ámbitos de la sociedad, lo público-estatal, lo comercial y el sector independiente es saludable e interesante de considerar. El estado buscando apoyar lo ya consagrado, no estimula la creatividad, ni arriesga al cambio, esto evidentemente no se corresponde con una política cultural que debiera sostener proyectos plurales y a largo plazo sin buscar el éxito inmediato. El sector privado ocupa el sitio de buscador de estrellas tomando aquellas propuestas que el mundo independiente o tercer sector produce constantemente. El sector asociativo, las pequeñas agrupaciones de artistas en la búsqueda constante de sostenimiento sin perder libertad de creación.
Entonces: turismo sí, y también una ciudad como un territorio de producción, experimentación y disfrute para y con los vecinos, de acceso pleno a la oferta plural y multicultural.
Una urbe abierta a la diversidad y no sectaria, es la que intentamos construir desde una gestión de la cultura integradora e inclusiva, difíciles palabras que se constituyen como un poderoso desafío en el siglo XXI.
Cristina González Bordón
