Cultura, placer, displacer y salud. La primera impresión (impronta emocional)
Cuando me propusieron colaborar en TECNIC con este artículo, mi primera reacción fue de entusiasmo: precisamente cuando hace ya más de treinta años decidí iniciar mis estudios de medicina no fue por un sentimiento altruista de cuidado y atención a los demás exclusivamente, también creía que imbuyéndome en sus diversas materias llegaría a conocer lo que para mí era y sigue siendo el objeto más sugerente, misterioso y perfecto del que hasta entonces tenía referencia: el cerebro humano. Craso error, aprendí (o casi) a aliviar o incluso a curar ciertas enfermedades y malestares, pero no conseguí que absolutamente ninguno de mis profesores me acercase a lo que yo buscaba.
Cuando comencé a estudiar, no deseaba solamente conocimientos anatómicos, fisiológicos, patológicos del sistema nervioso ni largas enumeraciones de péptidos, hormonas, neurotransmisores…
Me enseñaron el solfeo y el método para tocar el piano pero la música seguía siendo muda a mis oídos.
Con el paso de los años he seguido buscando y, si bien, es cierto que entre el final del siglo XX y el inicio del XXI ha habido un gran avance en los conocimientos neurocientíficos y han surgido precisas técnicas de imagen que permiten visualizar lo hasta ahora intuido, sigo sin saber exactamente qué es lo que pasa en la mente humana.
He leído y, en ocasiones, he comprendido las explicaciones que los diversos profesionales dan a estos fenómenos, pero la melodía sigue sin llegarme nítida.
Decía, al principio, que, al proponerme la redacción de este artículo que trata de describir los efectos beneficiosos que tiene La Cultura en nuestra salud, mi primera reacción fue de entusiasmo por el tema, pero, posteriormente, pasé al ataque de pánico ¿Qué sé yo de la relación entre el placer y el consumo de cultura?
Muchas veces tenemos conocimientos más o menos contrastados o incluso ideas espontáneas sobre un enorme abanico de temas y a veces esas teorías se ven respaldadas, posteriormente, de forma científica y rigurosa por distintos métodos y, de alguna manera, siempre he creído que el conocimiento nos hace más felices, que el conocimiento en sí mismo produce placer. Así que voy a intentar realizar la tarea que se me ha solicitado desde lo intuido o aprendido a lo largo de unos cuantos años y también quiero aprovechar esta ocasión para sentir placer buscando nuevos conocimientos que aporten un poco de luz a un tema tan fascinante como poco conocido.
Lo aprendido
El placer, la recompensa, evitar el dolor y el daño son el centro del universo biológico: absolutamente todos los animales comen cuando sienten hambre, beben si tienen sed, buscan cobijo frente al frío, refrescarse cuando sienten calor… asegurando de esta manera la supervivencia impresa en los genes de todo ser vivo.
Así mismo, se garantiza la supervivencia de la especie mediante el placer más poderoso conocido: si no disfrutásemos con el sexo quizá hubiésemos desaparecido de la faz de la tierra hace años.
Todos los cerebros animales incluido, obviamente, el del “animal” humano están diseñados de tal manera que toda información sensorial procedente de las áreas de asociación de la corteza cerebral pasa por los distintos sistemas de recompensa y placer del cerebro, esto significa estar vivo en el mundo. Los mamíferos alcanzan cotas de placer complejas al estar dotados de curiosidad, que lleva a descubrir cosas nuevas, las cuales, a su vez, pueden ser nuevas fuentes de gratificación y placer.
Pero el ser humano tiene un cerebro desproporcionadamente grande en relación al tamaño de su cuerpo y con este cerebro ha roto los moldes del placer simplemente biológico y busca constantemente nuevos placeres, alguno de los cuales, incluso entrando en franca contradicción con el instinto de supervivencia, puede conducirlo a la autodestrucción.
“Con la especie humana, la evolución biológica se ha superado a sí misma y ha caído en una suerte de paradoja. En efecto, en nuestro caso la dotación genética, dueña casi absoluta de la vida y del comportamiento de los animales inferiores, ha abdicado voluntariamente, por así decirlo, dejando un margen muy amplio a la acción del medio circundante, al aprendizaje y a la educación. Podemos considerarnos desvinculados de los condicionamientos de nuestra biología, pero no debemos olvidar que esta libertad es una conquista y un generoso regalo de nuestros propios genes…” [1]
Desde las épocas más remotas de la civilización el hombre ha estado fascinado por el funcionamiento de su cerebro. El cerebro guarda los códigos que nos empujan a conductas que nos producen placer.
Cuando el niño está jugando, evidentemente, estimula las áreas de placer y recompensa en su cerebro, pero fundamentalmente está grabando programas sensoriales y motores sin los cuales no podría realizar en la vida adulta movimientos voluntarios precisos con los que asegurar su supervivencia. El juego es, como todos instintivamente sabemos, la manera más placentera de aprender en la etapa de la vida en que podemos permitirnos errar una y otra vez porque siempre hay un adulto a nuestro lado dedicado a nuestro cuidado y crianza.
Los circuitos neuronales de recompensa se hallan en muchas y diferentes áreas del cerebro límbico (cerebro emocional), incluso, parece ser que existen circuitos de recompensa específicos para cada tipo de placer. Cada cerebro es único y un estímulo eléctrico concreto en un área anatómica determinada no siempre provoca una respuesta idéntica. Incluso, sensaciones de placer universales o biológicas son vividas por cada individuo o por el mismo individuo en distintas ocasiones con un matiz diferente: nuestro cerebro codifica placer y castigo en un intercambio constante entre situación personal y medio que nos rodea.
Las técnicas de imagen cerebral utilizadas en la actualidad como la PET (tomografía por emisión de positrones) y la resonancia magnética nuclear permiten visualizar pequeños y rápidos cambios metabólicos en nuestro cerebro y determinar a qué pensamiento o sentimiento se deben.
Nuestro cerebro parece poseer un sistema de medidas de placer. La impronta emocional que damos a las cosas tiene mucho que ver con nuestra historia personal: los logros, las frustraciones, los placeres, los dolores…
Los estímulos (luz, sonido…), a través de los receptores sensoriales, llevan información al cerebro y éste a través de complejas conexiones elabora la construcción del mundo y su significado, pero este significado sería neutro si no llegase al cerebro emocional que es el que confiere la cualidad de bueno, malo, deseable, rechazable…
En el hombre, además, el placer se piensa, se elabora, se prepara, se anticipa debido a aprendizajes previos y este placer anticipatorio también es placer…y se recuerda.
Cuando escribí este artículo estaba revisando un vídeo de un viaje realizado a una provincia española, al que quería añadir algunos comentarios; es una experiencia que me parece adecuado exponer aquí.
Por motivos personales, mi primer contacto con una ciudad española de cuyo nombre no logro acordarme fue tan doloroso que quizás mi olvido sea el fruto de esta mala experiencia.
La Predisposición era por lo tanto mala:
Como describe Kandel acerca de la posición de los psicólogos cognitivos antes mencionados: La percepción es un proceso constructivo que no solo depende de la información inherente a un estímulo, sino también de la estructura mental de quién la percibe.[2]
Es decir, todas nuestras experiencias previas, recalco todas, han hecho de nuestras mentes lo que son: nuestro mundo no es más que el resultado de la elaboración que nuestro cerebro ha llevado a cabo con toda la información sensorial que ha recibido durante todas sus experiencias y con todas las interacciones que ha llevado a cabo por vía motora.
Al llegar al lugar de destino mi postura frente al viaje fue cambiando, una preciosa casa rural en un pequeño pueblo tuvo parte de culpa, el trato con los aposentadores también, la tranquilidad que se respiraba completó mi cambio de predisposición.
El disgusto
Nuestros viajes nos llevan a visitar muchos lugares en los que observar nuestro Patrimonio Cultural: castillos, yacimientos arqueológicos, museos y, como no, iglesias… son etapas importantes de nuestras rutas de viaje. Recorriendo la provincia nos encontramos una constante que no pudo, por menos, que causarnos disgusto: el mal trato que, en general, dan los poderes públicos a nuestro Patrimonio. Castillos derruidos hay muchos, pero algunos de ellos sin estar en ruina completa muestran el mucho daño que la rapiña hace de sus estructuras. Por toda la provincia se reproducen estos comportamientos y la sensación no puede ser más espantosa.
La alegría
Llegamos a un yacimiento arqueológico que estaba, relativamente, bien cuidado y que incluía, incluso, un pequeño museo. En segundo lugar el yacimiento era celtibérico-romano, mostrando la estabilización en la zona durante un periodo largo de tiempo de un asentamiento importante y esto me hizo recordar que en esta provincia se escribieron algunas de las páginas más importantes de nuestra Historia. La provincia por la que decidí realizar mi viaje, había sido lugar de asentamiento y paso de pueblos diferentes con diferentes culturas que formaron parte del germen de lo que somos en la actualidad.
Recorriendo el acueducto excavado en la piedra del yacimiento me hacía esas consideraciones mientras me hundía en las tinieblas y aquella ciudad repudiada antaño, me parecía, ya, más habitable.
Y así, el inmenso placer de comprender, quizá el placer más solitario de todos, me llevó a alejar mis fantasmas, a conocer de nuevo con otros ojos lo ya conocido.
En definitiva, hay placeres exclusivamente humanos que necesitan del conocimiento y de la abstracción. Hay placeres generados por la cultura en que se vive, sólo pueden nacer de la educación del hombre en una sociedad determinada, del concierto entre la corteza cerebral y el sistema límbico: los placeres más humanos de hoy no son los mismos que los de los egipcios o los hititas ni tampoco son idénticos los de culturas occidentales y orientales o los del mundo desarrollado y los países pobres pero el sentimiento humano de placer es el mismo.
Los placeres específicamente humanos tienen pues una estrechísima vinculación con el arte, la ciencia…El cerebro humano permite la abstracción: a partir de objetos y casos particulares extrae un objeto ideal universal creando así el concepto, la idea, el pensamiento, que, además, gracias a estar dotados de la capacidad de hablar podemos comunicar, compartir, comprender y hacer comprender. Es además capaz de idealizar el objeto añadiendo el plus emocional del placer para alcanzar la belleza. Es lo que, a mi parecer, consigue el talento del artista: plasmar en una hoja en blanco, en una tela, en un pentagrama o en una mole de mármol los ideales que cuando son identificados como tales por mucha gente, cuando existe un amplio consenso sobre la belleza de ese ideal, se convierte en obra de arte universal.
Pero lo más sorprendente de estos placeres es que se multiplican hasta límites insospechados, cada libro renace cada vez que un lector lo lee encontrando nuevos significados, la música provoca emociones, sentimientos tan variados e intensos que para algunos es lo más parecido a otro placer tan tremendamente humano como es el amor, todas las culturas hacen y han hecho música y todo ser humano distingue la música de otro sonido. La escultura y la arquitectura son posiblemente la última expresión del placer estético y parece ser que nuestro cerebro se remodela en los espacios que construimos. La palabra dicha también constituye, sabiamente narrada, una fuente de placer, la memoria sin lenguaje no se comparte, la mente usa también el lenguaje para conversar consigo misma.
Todos estos mecanismos de producción de placer tienen una misma cualidad, se producen de modo inconsciente, no es necesario señalar que el acto de sentir placer ante una obra de arte es todo menos inconsciente, estamos hablando de de un acto plenamente consciente.
Por lo anteriormente expuesto, para comprender los mecanismos que determinan que nuestros sentimientos se parezcan al placer cuando observamos o poseemos una obra de arte, debemos acercarnos al cerebro desde otro punto de vista: el organizativo, se hace necesario definir los actos conscientes, un primer paso necesario, pues nada más consciente que ese placer.
Transcribo aquí, con algunas modificaciones, lo que Kandel nos deja escrito en el texto referenciado:
“Habitualmente se concibe la consciencia como un estado de conocimiento. Los filósofos de la mente John Searle y Thomas Nagel nos señalan tres características del conocimiento: subjetividad, unidad e intencionalidad.
La subjetividad viene dada por el hecho de que cada uno de nosotros experimenta su propio mundo de sensaciones. Nuestras experiencias, siempre, nos parecen más reales que las de los otros. Nuestros éxitos, disgustos, fracasos, alegrías, placeres, los experimentamos directamente, mientras que sólo podemos apreciar las ideas, los estados de ánimo y sensaciones de los demás remitiéndonos a nuestra propia experiencia. En realidad esta cualidad de la consciencia es lo que convierte en difícil su estudio, como Searle y Nagel aducen y no sin razón, si nuestros sentidos sólo son capaces de producir experiencias subjetivas, no podemos usarlos para llegar a una comprensión objetiva de la experiencia.
La naturaleza unitaria de la consciencia se refiere al hecho de que nuestras experiencias se muestran como un todo unificado: todas las modalidades sensitivas se fusionan para dar lugar a una única experiencia consciente.
Por ejemplo, cuando nos sentamos a comer, sentimos la silla contra nuestra espalda, oímos la música de fondo y degustamos un buen vino es una experiencia única. Nuestras percepciones no sólo aparecen íntegras durante el instante de la experiencia, sino que aparecen completas y continuas a lo largo del tiempo.
Finalmente, la consciencia tiene intencionalidad. Nuestras experiencias tienen significado más allá de las sensaciones físicas del momento. Nuestra mente puede conectar con nuestras experiencias y representar su ámbito” [3]
Es decir, nuestra conciencia depende de los grupos de neuronas que procesan cada una de las modalidades sensoriales: vista, oído, olfato, tacto, gusto y añadiremos una más, la propiocepción, que informa de la posición de nuestro cuerpo; esos núcleos sensoriales conectan con grupos de neuronas de la llamada corteza de asociación que, a su vez, conectarán con grupos de neuronas de la corteza motora dando lugar a una interacción con el medio.
El habla y la escritura son un ejemplo de la organización cerebral: grupos de neuronas de la corteza auditiva y grupos de neuronas de la corteza visual procesan la palabra, hablada y escrita respectivamente; contactan con neuronas de la corteza temporal, área de Wernicke, imprescindibles para comprender el significado de las palabras, estas neuronas contactan con neuronas de la corteza frontal, área de Broca, procesan los movimientos necesarios para articular palabras de modo adecuado y, por fin, éstas contactan con neuronas motoras primarias, giro precentral, que producen de modo ordenado los movimientos necesarios para articular palabras y frases inteligibles, bien sea habladas o escritas. Una de las peculiaridades de este proceso es que está lateralizado, los aspectos léxicos del lenguaje están controlados por el hemisferio izquierdo (gobierna el lado derecho del cuerpo), mientras que el contenido emocional (afectivo) del habla está gobernado en gran medida por el hemisferio cerebral derecho (gobierna el lado izquierdo del cuerpo).
“Tanto los estudios clínicos como los experimentales indican que el hemisferio izquierdo participa más con las que se pueden considerar emociones positivas, mientras que el derecho está más vinculado con las negativas. Por ejemplo la incidencia y la gravedad de la depresión son significativamente más altas en los pacientes con lesiones del hemisferio anterior izquierdo en comparación con cualquier otra localización. Por el contrario, los pacientes que presentan lesiones en el hemisferio anterior derecho a menudo se describen como extraordinariamente alegres”[4]
Aprendemos siempre de y con los demás pero la comprensión es un acto íntimo: es el gozo intelectual al que quizá no todos consigamos llegar pero para algunos ha sido la razón de su vida e incluso el antídoto contra la idea de suicidio: “Para Nietzsche el pensar es un placer sin parangón, en ningún caso quiere renunciar a él y está agradecido a la vida por haberle concedido ese placer. Quiere vivir para poder pensar “[5] Bertrand Rusell cuenta también que “En la adolescencia la vida me era odiosa y estaba constantemente al borde del suicidio, del cual me liberé gracias al deseo de saber más Matemáticas.”[6]
Lo vivido
La OMS (Organización Mundial de la Salud ) define la salud como el completo bienestar físico, mental y social y no sólo como la ausencia de enfermedad. El psicólogo Maslow explicó mediante su conocida pirámide las necesidades del ser humano: las necesidades primarias tienen que ser satisfechas antes de buscar las de más alto nivel, la cúspide de esta pirámide la forma la necesidad instintiva de todo individuo de ser lo que pueda llegar a ser (autorrealización). Personalmente, creo que la auténtica salud consiste en tener cubiertas todas las necesidades de dicha pirámide.
Trabajo como médica de familia desde hace años en el medio rural de Cantabria. La población de esta zona está básicamente compuesta por mayores de 65 año con un nivel de estudios elemental con sus peculiaridades históricas, geográficas e incluso orográficas que parece que determinan un carácter adusto e introvertido. Su actividad económica fundamental es la ganadería vacuna y la agricultura. Las mujeres suman a estos trabajos los de cuidado de niños, ancianos, enfermo y son en exclusiva las que cocinan, limpian y realizan todas las actividades domésticas. Por todo ello, y por cantidad de condicionamientos culturales, familiares, sociales, hormonales y anatómicos (el cerebro emocional es en nosotras mayor en proporción al tamaño cerebral total que el del hombre) la mujer manifiesta más sufrimiento en forma de entidades clínicas reconocidas y etiquetadas como tales y también como maltrato de género, acoso sexual…circunstancias que tienen en común una pérdida o una no adquisición de la autoestima.
Siempre me ha preocupado más aliviar el sufrimiento mental que el físico posiblemente porque en la actualidad tenemos tantos recursos analgésicos que si sabemos y queremos utilizarlos, nuestros pacientes no tienen por qué padecer dolor orgánico ni siquiera en las fases terminales de las enfermedades más agresivas. Sin embargo, el dolor psíquico, aun contando cada día con mayor número de fármacos antidepresivos, muchas veces se nos sigue resistiendo porque a pesar de conocerse los mecanismos bioquímicos de estas dolencias y de haberse desarrollado moléculas que “nos quitan lo que nos sobra o nos dan lo que nos falta” no hay medicación que quite el miedo a la muerte o que consiga que manifiestes bienestar cuando tus necesidades como ser humano no están cubiertas.
La prevalencia de síndromes ansioso depresivos es mucho más elevada en mujeres que en hombres, no sé muy bien si éste dato es objetivamente demostrable o se debe a que las mujeres son capaces, afortunadamente, de expresar sus emociones, sus miedos y sus sentimientos con mayor facilidad y menos pudores que sus congéneres masculinos o que éstos realmente sufren menos o superan sus frustraciones con otras terapias más heterodoxas (interminables partidas de diversos juegos en los muchos bares del pueblo compartiendo bastante alcohol y alguna conversación). También puede deberse a un sesgo de género pues posiblemente el hecho de ser yo misma mujer facilite la confidencia con ellas y la dificulte con ellos aunque los datos numéricos a nivel mundial coinciden con esta diferencia a “favor “de la mujer (2 a 1).
Las alteraciones del estado de ánimo son un motivo casi cotidiano de consulta aunque la mayor parte de las veces están enmascaradas por otras quejas de tipo físico. Si has desarrollado ciertas habilidades de entrevista clínica y sabes qué y cómo preguntar y sobre todo escuchar, el diagnóstico de estos trastornos no es difícil y sí frecuente.
Los fármacos son necesarios cuando nos encontramos ante una auténtica depresión pues no es posible iniciar ningún tipo de ayuda psicoterapéutica o iniciar actividades antes de estar en un nivel mínimo que te lo permita. La palabra, elemento cultural y terapéutico, es clave, especialmente en estas dolencias y es indispensable utilizarla y estar en disposición de recibirla.
Una de las preguntas que suelo hacer a estas pacientes es cuánto tiempo dedican a ellas mismas al día, a la semana…. e invariablemente la primera respuesta es no verbal: un gesto de sorpresa que a pesar de ser esperado y previsible me provoca una triste sensación: ¿Cuántas mujeres no saben que tienen el derecho e incluso me atrevería a decir el deber de dedicarse y regalarse tiempo y placer?
Ser médica, a veces, tiene su recompensa: al serte supuesta una cierta autoridad intelectual escuchan tus sugerencias o consejos con disposición de aceptarlos o al menos intentarlo incluso cuando se trata de temas no exactamente clínicos.
La cultura, en su más amplio sentido significa salir de uno mismo, acercarse a conocer lo otro, lo ajeno.
Generalmente propongo a estas pacientes que dediquen al menos una hora a la semana a hacer algo que siempre les haya gustado y que no hayan podido hacer hasta ahora.
Los recursos son limitados, especialmente en el medio rural, pero el asociacionismo de distinta índole (grupos de mujeres, asociaciones de vecinos…) y las actividades ofrecidas a la población desde diferentes entes públicos han aumentado en los últimos años.
Poco importa la actividad elegida (yoga, pintura, diversos tipos de trabajos manuales, senderismo, aeróbic, balneoterapia o viajes con el Inserso) lo realmente importante es que comience a existir un tiempo completamente suyo, para el cual se arregla de manera diferente al resto de los días, en el que puede hablar con sus iguales, en el que poco a poco establece nuevos lazos de amistad… poco importa la calidad o el gusto de los diferentes trabajos realizados, lo importante es que ésa es su obra y que descubre que puede ser un individuo fuera de su entorno familiar, que puede hacer otras cosas, que está contenta, que espera con ansia el día en que “se escapa” y que está cimentando su autoestima.
En muchas ocasiones, es impresionante el cambio que observas a los pocos meses de iniciar esta pequeña modificación de su rutina.
En educación para la salud seguimos un esquema muy sencillo: Mediante los conocimientos que impartimos, modificamos las creencias en salud, esto conduce a un cambio de actitud y posteriormente a cambios de conducta y adquisición de nuevos hábitos más saludables.
Creo que este esquema es aplicable a toda mejora del estado de salud a través del consumo de cultura: la educación, el estudio, el arte a través de toda su gama de posibilidades, los viajes, la lectura, el cine, el baile, el teatro…todo conocimiento genera cambios en nuestro cerebro, cambia tu construcción mental del mundo, y tus conductas te impulsa a adquirir nuevos hábitos mentalmente más saludables. Estas mejoras no se manifiestan solamente a nivel de bienestar psíquico, somos un todo indisoluble en permanente interacción…
La realidad
Creo que un ejemplo real puede hacer entender la relación entre consumo de cultura y mejoría del estado de salud:
Mujer de cincuenta y tantos años que acude a la consulta frecuentemente por diferentes motivos (en los últimos tres meses tengo registradas 8 visitas: una por cansancio intenso, dos por cefalea, una por mareo y el resto por dolores en diferentes localizaciones). En ninguno de los episodios se encontró ninguna alteración analítica, radiológica o en el electrocardiograma que hiciera pensar en alguna patología orgánica y los síntomas cedían y daban paso a las pocas semanas a otro nuevo.
La paciente en estos tres meses también había acudido a la consulta de la enfermera en tres ocasiones pues es hipertensa y presenta sobrepeso y su tensión a pesar del tratamiento farmacológico no estaba perfectamente controlada.
En los pueblos los sanitarios conocemos generalmente las circunstancias familiares que rodean a nuestros pacientes entre otros motivos porque el resto de miembros de la familia también pertenecen a nuestro cupo.
Esta mujer lleva varios años cuidando a su madre, absolutamente dependiente para todas las actividades de la vida diaria por padecer la enfermedad de Alzheimer y a pesar de tener dos hermanos más, ella es la única cuidadora, tiene dos hijos adolescentes que aún viven en el domicilio familiar y además un nieto de meses al que tiene que cuidar porque su hija, madre del pequeño, trabaja. Tiene huerta y una ganadería de unas 50 vacas cuya responsabilidad comparte con su marido. Por supuesto en lo que se refiere al mantenimiento del hogar es la “reina” de la casa: todo es de su exclusiva competencia. Ante la frecuencia anormal de sus visitas a mi consulta y conociendo o al menos intuyendo cómo es su día a día decido citarla al día siguiente y me reservo para ella media hora (esto es algo que lamentablemente no podemos hacer todas las veces que lo creemos necesario). Al día siguiente entra agobiada, nerviosa, cuando le pregunto el motivo me dice que por un lado ha tenido que dejar sola a su madre durante media hora y después mirándome muy directamente intenta adivinar “si tiene algo malo para haber tenido que citarla otro día y tanto tiempo”
Cuando le pregunto qué hace en su tiempo libre (no lo hago con mala idea) primero me mira como si me hubiera vuelto loca (me encanta interpretar el lenguaje no verbal y el de ella decía “de qué me está hablando la médica ésta”) tras unos segundos de tenso silencio veo dos lágrimas, silenciosas también, rodando por cada una de sus mejillas: a esta mujer no se le pueden ofrecer medicamentos salvo para mitigar sus dolores de cabeza porque de momento no se han sintetizado fármacos que curen de la propia vida.
Hay personas que ante preguntas íntimas se repliegan y no consigues obtener ninguna información con lo cual estos métodos de ayuda no sirven. En el caso que nos ocupa y venturosamente no es el único, las lágrimas fueron seguidas por un borbotón de palabras inconexas que traslucían un dolor intenso, antiguo, tremendamente digno.
Comenzamos a hablar citándonos semanalmente durante el primer mes y espaciando las visitas progresivamente a medida que íbamos obteniendo resultados.
Esta mujer, comenzó a participar dos horas a la semana en unos talleres de pintura, creía que le gustaría dibujar y aprender aunque hasta entonces no lo había hecho. Durante estas dos horas semanales su hija mayor, también paciente nuestra se hacía cargo del cuidado de la abuela pues entendía perfectamente que su madre necesitaba tiempo y espacio para sí misma.
Cuando venía a la consulta, me hablaba de lo que estaba pintando en ese momento, de las mujeres que tenía por compañeras, de su profesora que también lo era de un Instituto de Secundaria de la zona y que de forma altruista dedicaba este tiempo a regalar a otras mujeres un placer del que seguramente ella también disfrutaba.
Posteriormente, conseguimos que, además de la hija mayor, uno de los adolescentes se hiciera cargo de dar de cenar y supervisar a la abuela mientras su madre salía durante una hora a pasear con sus nuevas amigas conocidas en las clases “para hacer ejercicio y charlar de nuestras cosas”.
Hay muchas mujeres muy listas que si hubiesen tenido la oportunidad de formarse desde niñas hubiesen podido llegar a donde hubiesen deseado y ésta era una de ellas.
Tenía una exquisita sensibilidad para captar lo que veía[i] y estaba feliz por ser capaz de hacerlo y comprenderlo.
Transcurrido un año, había conseguido que sus hermanos se involucrasen periódicamente en el cuidado de la madre “para poder tener vacaciones como todos los trabajadores”, sus hijos colaboraban en la casa progresivamente…: estaba claro que era una mujer que había aprendido a respetarse, que sabía que además de responsabilidades tenía derechos y que estaba dispuesta a ejercerlos.
Clínicamente la tensión arterial y el peso se normalizaron, los dolores desaparecieron como por arte de magia, su estado global de salud, su autopercepción de bienestar habían mejorado de forma espectacular a pesar de que su vida aparentemente se seguía desarrollando en el mismo entorno. Había sido capaz de dar una pequeña vuelta de tuerca que le permitía compatibilizar su vida anterior con su sentir actual no sólo sin sentimiento de culpa sino sintiendo un enorme placer. Y, como al principio refería, me gusta interpretar el lenguaje no verbal, un día pude observar una nueva mirada brillante y profunda: creo que nunca he sentido tanta satisfacción en mis años de ejercicio profesional ni he tenido paciente más agradecida.[7]
Mi reflexión
El placer es salud en su acepción más global. Los beneficios en salud no siempre son cuantificables ni medibles pero no por eso deben ser en absoluto infravalorados. Los gobernantes deben invertir en políticas culturales adecuadas sin escatimar esfuerzos ni medios: educar es enseñar a gozar, es transmitir los placeres más humanos. El conocimiento nos da opciones de elección, nos hace más libres y un pueblo libre, formado e informado que goce con la lectura, con el arte, con la música, con la ciencia será un pueblo más sano física, mental y socialmente o, al menos, deberíamos tener la posibilidad de confirmar o desmentir esta hipótesis y abandonar de una vez el pan y el circo.
Y como Platón en su Philebus en el 360 a. C ponía en boca de Sócrates uno de los padres fundamentales del pensamiento: “Philebus venía diciendo que el regocijo, el placer y el deleite y toda clase de sentimientos afines son un bien para el ser humano, mientras que yo sostengo que no son éstos sino la sabiduría y la inteligencia y la memoria y todo lo que con éstas está relacionado, como también lo son las opiniones correctas y el verdadero razonamiento”. Posiblemente ambos hablasen de lo mismo: El ser humano busca el placer simplemente porque su cerebro se lo dicta.
Bibliografía
BONCINELLI, E.: A caccia di geni. Editorial di Renzo. Renzo, 2001.
BRIZENDINE,L.: El cerebro femenino. Círculo de lectores, Barcelona, 2001.
KANDEL, E.: Principios de Neurociencia. McGraw-Hill-Interamericana. Madrid, 2001.
LEVI MONTALCINI, R.: La galaxia mente. Editorial Crítica, Barcelona, 1999.
MORA, F.: Los laberintos del placer en el cerebro humano. Alianza Editorial, Madrid, 2006.
[1] BONCINELLI, E.: A caccia di geni. Editorial di Renzo. Renzo, 2001. Pág. 36
[2] KANDEL, E.: Principios de Neurociencia. McGraw-Hill-Interamericana. Madrid, 2001. Pág.76.
[3] KANDEL, E.: Principios de Neurociencia. McGraw-Hill-Interamericana. Madrid, 2001. Pág.76.
[4] PURVES, D.: Neurociencia. Editorial Médica Panamericana. Mexico, 2006. Pág. 781
[5] (Safranski, Rüdiger, biografía de Nietzsche, Tusquets editores)
[6] (Bertrand Russell. filósofo, matemático y premio Nobel de literatura en 1950)
[7] El caso clínico ha sido ligeramente variado en arar de garantizar el secreto profesional.

