Arteterapia, una disciplina de lo espiritual. El arte en el proceso de construcción de la identidad individual.
Para hablar de arteterapia hemos de tener claro que principalmente estamos ante una disciplina de lo espiritual, más que de lo psiquiátrico o lo artístico que consiste en explotar el potencial del arte en el proceso de construcción de la identidad individual y del consiguiente provecho que se puede sacar de este proceso en el tratamiento de enfermedades, tanto mentales como físicas.
La definición de arte como conocimiento a través de la emoción es, en mi opinión, el punto de partida para llegar a entenderla.
El arte permite expresar sentimientos y emociones que son muy difíciles de expresar verbalmente, y dicha expresión permite sublimar miedos, frustraciones y angustias. Así pues, hay que decir que la arteterapia no está enfocada únicamente a los enfermos, sino a todo aquel que quiera encontrar un equilibrio interior que le ayude a sentirse mejor.
Hay que entender en la terapia que el arte es como un juego, como la extensión de éste en la madurez, respetando el ritmo del pensamiento personal, donde las pausas y los silencios pueden ser tan importantes como las acciones.
El psicoanalista y pediatra británico Donald Winnicott hablaba del juego como una transición entre la realidad externa e interna, dada su carga simbólica, que nos permite satisfacer deseos, crear espacios potenciales y relacionar el yo (realidad interna) con el grupo (realidad externa). Cuando el niño crece, deja de jugar y se va ajustando poco a poco a los convencionalismos que marca la sociedad, comportándose como se espera de él y renunciando de alguna manera a todas esas fantasías que podía expresar mediante los juegos. Pero esas fantasías no desaparecen. El hecho de camuflarlas produce un malestar que incluso somos incapaces de asumir, y no renunciar a esas actividades propiamente infantiles, también nos puede hacer sentir un desplazamiento social. El arte, por el hecho de ser erróneamente considerado una práctica adulta, puede permitirnos recuperar de alguna manera las fantasías sin exponernos a ese desplazamiento. Leyendo acerca del proceso de creación y sus fases descubrí que había ciertos conceptos que aparecían casualmente en textos que había escrito años atrás durante mis estudios de Bellas Artes. En estos textos hablaba del proceso creativo como un choque entre realidades que en mi trabajo se agrupaba en cuatro niveles que definía así:
Momentos frágiles. Éste concepto es el fruto de una crisis personal que atravesé en un momento de desarraigo. Utilizamos el término de raíz como metáfora de la unión entre el yo y sus extensiones socio-culturales, lo que Friedrich Hundertwasser bautizara como “las cinco pieles del yo”. Los momentos frágiles son aquellos en los que estamos apunto de perder la raíz. Suponen una gran agitación interna. Nuestra relación de valores e ideas se desestructura y reestructura, dando lugar a algo nuevo. Esa agitación es indispensable para el artista, porque supone un punto de partida después de la confusión.
Contemplación, introspección. La contemplación es la búsqueda de respuestas en aquello que nos rodea, mientras que la introspección es la consecuencia del irrefrenable intento humano de construir el yo. La frontera entre ambas es la misma que separa la realidad externa de la interna. La contemplación es la base del aprendizaje y por tanto de la conducta de las personas. Cuanto más nos incita algo para que lo contemplemos, más podemos aprender de ello. Aquí aparece la poética de lo sublime, que ya introdujeron los artistas románticos. Si lo que se presenta ante nosotros es sublime, cobramos conciencia de nuestra propia pequeñez dentro del mundo, y es entonces cuando surgen en nosotros las eternas dudas sobre nuestro origen y nuestro destino, que convierten al ser humano en el único que duda acerca de su propia existencia. Esta duda alimenta al arte y convierte la contemplación en una actitud indispensable para la creación. La introspección, por otro lado, nos permite profundizar en nuestro interior, uniendo fragmentos de la realidad y mezclándolos con nuestras propias fantasías. Utilizamos la censura para camuflar nuestra privacidad, protegiéndonos así de la sensación de exposición que supone la expresión de emociones.
Reflejos y proyecciones. Representan el nexo entre el yo y el mundo. Son fenómenos distorsionados que podemos entender como reales, pero que dada su naturaleza efímera e intangible, nos acercan de alguna manera al mundo de las ideas. Así pues, en muchos de mis trabajos son los reflejos o las sombras los que definen la escena, más que los propios individuos o acontecimientos.
Lugares de tránsito. Este término parte de la idea de Marc Augé acerca de los no-lugares. Entiendo los lugares de tránsito como una encrucijada en la que convergen múltiples identidades, pero de una manera pasajera. No pertenecen realmente a ninguna identidad. No entran en lo que podemos llamar “lugares de yo”, puesto que no suponen ningún tipo de asociación personal. Lo que los hace interesantes es que en ellos las identidades interaccionan entre sí y permiten al espectador divagar sobre ellas, construyendo hipotéticas historias. ¿Quién es?¿a dónde va?¿Por qué? Son preguntas que nos vienen a la cabeza. Por lo tanto son lugares que potencian la creatividad y la invención.
Tras retomar este texto, me di cuenta de que en mi vocación como artista había incluida, ya en aquella época, una vocación como arteterapeuta, y que las experiencias posteriores no hicieron más que potenciar esa vocación.
Orígenes y precedentes del arteterapia.
A pesar de que el arte ya se utilizaba ancestralmente en rituales de sanación, se considera que el primer hecho constatado que se podría llamar arteterapia data de 1803, cuando el Marqués de Sade comenzó a dirigir espectáculos mensuales en la casa de salud de Charenton.
A finales del siglo XIX algunos psiquiatras se interesaron por la producción plástica de los enfermos mentales. Es el caso Mohr y Simon, pero sobre todo de Hans Prinzhorn, psiquiatra vienés, que en 1919 creó la colección Prinzhorn con obras de los pacientes mentales de la clínica universitaria de Hieldeberg, hoy la recopilación más importante de este tipo de obras.
En 1911 Carlo y Umberto Baccini integran obras de internos en la exposición futurista de Milán. En 1921 el médico W. Morgenthaler publica Un enfermo mental como artista: Adolf Wölfli, la primera obra en la que se enfoca a un paciente como artista y no como caso clínico.
El 1 de Julio de 1949 se crea la Compagnie de l’art brut, por Jean Dubuffet, J. Paulhan, Ch. Rarteterapeutaon, H.-P. Roché, M. Tapié y André Breton. Diferenciándose por un lado del Naïf por no tener su “torpeza” característica y siendo mucho más crudo, y del surrealismo que empleaba técnicas mucho más tradicionales. Estos dos movimientos, sin embargo, también serán de interés dentro del marco del arteterapia.
El Art Brut se interesaba por la mayor facilidad con la que las personas oscuras o marginales podían liberar los pensamientos más crudos del ser humano.
En los años posteriores se publican algunos de los libros pioneros en esta disciplina como Art is an aid to illness: an experiment in occupational therapy (Adrian Hill, 1943), Art vs. Illness (Adrian Hill, 1945) y Art and regeneration (Marie Petrie, 1946). Este último se considera el primer libro escrito específicamente bajo el término Arteterapia.
En 1946 los psiquiatras Reitmann y Cunningham Dax, introducen en el equipo del Hospital de Netherne al que se considera el primer artetertapeuta de la historia, Eduard Adamson.
A partir de 1947 Margaret Naumburg, Edith Kramer y Marie Petrie se convierten en las fundadoras del arteterapia en EE.UU. M.Naumburg abogaba por la importancia de ajustarse al ritmo del paciente y de un desbloqueo creativo previo. Edith Kramer, por su parte, defiende la necesidad de activar los procesos psíquicos que se dan en la creación, siendo esto más importante que el propio estudio de estos procesos. El arte, según Kramer, es una herramienta muy útil para transformar fantasías inconscientes porque permite preservarlas. Además, permite trabajar con emociones regresivas por su capacidad evocadora, y extraer energía agresiva. Ambas arteterapeutas coincidían en que en un tratamiento, los cambios en la obra preceden a los cambios en el carácter, corroborando así la capacidad extraordinaria del arte de hurgar en el subconsciente.
En 1950 tiene lugar en París la primera exposición de arte psicopatológico, y ese mismo año la americana Marion Millner publica On not being able to paint, donde aparecen los primeros programas de estudio de arteterapia.
Nueve años después, varios psiquiatras europeos (principalmente descendientes de Prinzhorn) fundan la SIPE (Société Internationales de Psichopatologie de l’Expression), y en 1964 se crea la British Asociation of Art Therapists. Pero la que quizá sea hoy la más importante asociación en el campo, la Asociación Americana de Arteterapia (AATA), aparecerá en 1966, y a partir de ahí comienza la publicación periodica más consolidada sobre esta materia, con el Bulletin of Art Therapy, actualmente American Journal of Art Therapy.
Ya en la década de los setenta (1973) se inaugura en Rio de Janeiro el Museo das Imagens do Inconsciente.
Tendencias.
Actualmente podríamos diferenciar tres claras tendencias por las que se desarrolla el arteterapia:
- la primera parte de la idea de que la actividad plástica es secundaria y no supone más que una excusa para el intercambio verbal. Esta tendencia correspondería a un enfoque junguiano de la terapia.
- la segunda se opone a esto afirmando que el proceso creativo es terapéutico en sí mismo, por su capacidad de sublimar sentimientos y emociones a través de la metáfora y el símbolo. Hablaríamos aquí de un enfoque humanista, donde participante y terapeuta se sitúan en un mismo plano de conocimiento.
- la tercera se centra en la obra apoyándose en lo que Freud definió como principio de realidad y principio de placer, ya que una obra de arte es un objeto que conjuga las leyes de la realidad interna, por partir de la ideación, y de la realidad externa, por estar provista de materia. Ésta sería la tendencia psicoanalítica.
Uniendo las tres tendencias deducimos que en el arteterapia se produce una relación triangular entre sujeto, terapeuta y obra.
El espacio en el que se desarrolle una sesión de arteterapia, ha de ser un espacio que estimule la creatividad, y un espacio limpio donde los participantes puedan depositar su propio caos y encontrarse con él.
En cuanto a la técnica, es esencial dotar a las personas de las herramientas necesarias para la creación sin ceder a las propias inquietudes artísticas, sino más bien ajustándose a las del sujeto o grupo, porque cada técnica se puede adaptar a una necesidad concreta.
Hay que conocer además las reglas generales de la representación y del análisis icónico, iconológico, retórico y simbólico, sabiendo percibir por ejemplo la ausencia de un trazo o color, o la repetición sistemática.
En cuanto a la psicología, es importante conocer las teorías psicológicas acerca de los procesos de formación de imágenes y de construcción de representaciones, teniendo en cuenta el factor de la polisemia, ya que la cultura de la que provenga el participante no tiene porque ser la misma que la del terapeuta.
Al igual que ocurre con el psicoanálisis, conviene haber vivido una terapia como participante antes de ejercer como terapeuta, porque la misión básica del arteterapeuta es la de ayudar al participante a manejar a ese crítico interior que le produce su malestar, transformándolo en un amigo que le ayude a convertirse en alguien mejor. Actualmente, en nuestro país, el arteterapia todavía se considera una actividad alternativa, y no cuenta con el apoyo de las instituciones sanitarias o culturales, pero en los países pioneros como EE.UU, Francia o Alemania, donde la psicología tiene una tradición a un nivel mucho más avanzado que en España, la figura del arteterapeuta se puede encontrar en muchos centros, no sólo psiquiátricos, sino también como apoyo en prisiones, centros de ancianos, asociaciones de mujeres maltratadas y, en definitiva, todos los lugares donde las personas sufren una gran necesidad de un lugar o un momento en el que volcar sus frustraciones, miedos y ansiedades, ganar autoestima y tener la ocasión de sentirse partícipes de algo, de crear a partir de las propias experiencias, porque todo el mundo que intenta conocer a través de las emociones, se convierte en un artista, basta con perder el miedo a “no ser capaz”.
