Centro Cultural Estación Mapocho: un caso modelo de financiamiento cultural
Un generoso profesor del MIT de Estados Unidos, J. Mark Schuster, escribió, hace 20 años, una conferencia que más tarde, en 1989, llegó a un libro compendio de un seminario sobre el financiamiento de la cultura que había organizado el American Council for the Arts de Nueva York1. Con ello había comenzado la búsqueda de los modelos internacionales que subyacían a las diferentes maneras de apoyar las artes.
Digo generoso, porque en 2006, en su oficina de MIT en Cambridge su oficina de MIT en Cambridge, ya aquejado por un cáncer que lo llevaría a fallecer en febrero de 2008, no sólo me regaló ese libro con una estimulante dedicatoria, sino que me autorizó a ocupar parte del título de esa edición en un libro que comenzaba a escribir mientras conversábamos intensamente del tema que nos apasionaba: cómo se financia el arte y cómo la forma de hacerlo determinaba modelos diferentes de desarrollo cultural2.
Con el propósito semejante de avanzar en una cierta formalización de los diferentes modelos de desarrollo cultural que conocía la humanidad, se produjo la virtuosa mezcla de las 3 preguntas de Schuster (¿Quién paga?, ¿Cómo o a través de quién lo hace? y ¿Qué consecuencias puede tener esto?) con la experiencia dura de entonces 16 años del Centro Cultural Estación Mapocho que, en un lejano país del extremo del mundo intentaba alcanzar y sobre todo mantener un logro inédito: autofinanciar un centro cultural a la vez que cumplir con sus dos misiones: preservar el edificio patrimonial y difundir la cultura.
Ambos tuvimos éxito. Schuster traspasó sus estudios a través de sus publicaciones y logró, junto con otros investigadores como el canadiense Harry Hillman-Chartrand que la “cuatrilogía” de modelos de desarrollo cultural desde el punto de vista del apoyo del estado (Facilitador, Patrocinador, Arquitecto e Ingeniero) se enseñe hoy como un clásico de la materia, y en el Centro Cultural Estación Mapocho hemos consolidado un caso de administración privada de un edificio patrimonial público que acaba de ser reconocido por el Premio Internacional Reina Sofía 2008 por su labor de preservación del patrimonio y difusión de la cultura.
Desde esta experiencia en el Centro Cultural Estación Mapocho y con la tipología mencionada, es posible abordar el tema del financiamiento cultural.
Si alguien llegara desde los Estados Unidos a la Sala Joaquín Edwards Bello del Centro Cultural Estación Mapocho, pensaría que Edwards fue un gran filántropo que donó dinero o hizo un endowment en favor del Centro Cultural. Calcularía que a lo menos un millón de dólares le costó que esa sala luzca su nombre.
Si, en cambio, el visitante viniera de Europa, estaría seguro que don Joaquín fue un Presidente de la República que dispuso, bajo su gobierno, que se construyera semejante centro cultural, se recordaría así su gesto.
Si el extraño viniera desde Rusia, tendría probablemente la razonable duda si don Joaquín fue miembro de la familia de los zares o un alto dirigente del Partido Comunista.
Ahora, si la visita proviniera del reino Unido o de alguno de los países de la Comunidad Británica, pensaría que Edwards Bello fue un aristócrata que destacó en alguno de los Consejo de las Artes de la los países de la Comunidad.
Nuestro visitante, sin duda se sorprendería cuando supiera que Joaquín Edwards era pobre, que no tenía dinero para donar y que, de tenerlo, lo habría perdido apostando en algún hipódromo; que tampoco fue Presidente de la República, Senador ni Diputado, sino “el inútil de la familia” que aspiró al cargo honorífico de Cónsul de Chile en Valparaíso y que fustigó desde sus columnas del diario La Nación a políticos de todos los calibres; que no perteneció a ninguna familia real, sino más bien, según propio testimonio, descendía de un pirata inglés, y que ni siquiera militó en una modesta base del Partido Comunista local; por cierto, que tampoco formó parte de Consejo de las artes alguno pues, mientras vivió, no existían en Chile.
La sala fue denominada Joaquín Edwards Bello debido a que fue un destacado cronista y periodista, autor de numerosos libros. Cómo él, fueron honrados con proporcionar su nombre a diferentes salas del centro cultural la novelista María Luisa Bombal; el pintor Camilo Mori; el escultor Samuel Román; el escritor Pedro Prado; el pianista Acario Cotapos; el pintor Nemesio Antúnez, y el director teatral Pedro de la Barra.
O sea, preguntaría nuestro visitante, ¿en Chile se honra con dar su nombre a una sala del primer centro cultural del país sólo por ser un artista destacado? ¿No se mide su aporte en dinero, en influencia política, en condición aristocrática ni en tradición histórica? Debería responder positivamente. Con absoluta razón el visitante preguntaría – - Entonces, ¿cómo se financia la cultura en este país? ¿Quién paga?
Preferiría omitirle que el Centro Cultural Estación Mapocho se autofinancia, para no incrementar su confusión, pero la verdad es que así es y que ello refleja el modelo de desarrollo cultural que hemos adoptado en el país.
Veamos. El edificio de la estación se debe a inversión pública porque resolvieron construir el terminal ferroviario autoridades de 1910 como el Intendente de Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna y alguno de los tres Presidentes de ese año3 Su remodelación se debe a fondos públicos resueltos por el gobierno del Presidente Patricio Aylwin, con aprobación del Parlamento, por iniciativa del Alcalde de Santiago, Jaime Ravinet. Su exitosa gestión de autofinanciamiento ha sido encabezada por una corporación autónoma, sin fines de lucro, a la usanza de los consejos de arte británicos, de la que depende un equipo ejecutivo que facilita los aportes de privados, personas y empresas, para operar el centro, mantener el edificio, invertir en su mejoramiento y subsidiar la cultura.
Tenemos entonces, una integración de tres de los cuatro tipos de Chartrand4: una inversión publica en infraestructura, típica del Estado Arquitecto; un consejo directivo autónomo del gobierno que aprueba los subsidios culturales programados, sin fines de lucro, como ocurre en el Estado Patrocinador, y un equipo ejecutivo de gestión privada, altamente eficiente, propio de un Estado Facilitador.
Por ello, cuando nos preguntan ¿cómo se autofinancian?, debemos establecer que lo hacemos leyendo, estudiando mucho a nuestras audiencias y con una gestión intensiva en alianzas y formación de redes.
Ello implica una acción mancomunada de las tres áreas que conforman la administración del Centro: Programación –u Operaciones-, Desarrollo/Comunicaciones –o ventas y marketing- y Finanzas. Todas dirigidas por una gerencia general que asume la comunicación y planificación estratégicas.
Mientras el área de Desarrollo (ventas) propone la realización de alguna actividad y expone sus ventajas (que pueden ser económicas, culturales, solidarias o de imagen), Programación/Operaciones vislumbra su factibilidad en tiempo y espacio junto a la conservación del equilibrio entre actividades comerciales (no más de 60 días al año) y culturales (la mayor cantidad posible de días al año), Finanzas, por su parte, establece los costos y las formas de pago conforme a las necesidades de caja.
De esta forma se va organizando la Programación del Centro con más un menos un año de anticipación, dada la circunstancia que hay actividades como ferias, días de…, festivales, ciclos de conciertos, que tienen ya una periodicidad anual. Los espacios libres van siendo ocupados por programaciones preferentemente culturales y generalmente acompañadas por espacios complementarios que manejan exhibiciones de artes visuales de manera permanente (salas de fotografía, de exposiciones, salón-cafetería).
Como ocurre que igual van quedando ventanas de la programación, suelen ocuparse para acontecimientos puntuales como cenas, actos públicos de entrega de beneficios estatales, filmaciones, servicios masivos (como la entrega de credenciales a los 17 mil participantes de la Maratón de Santiago) o simplemente, glamorosas fiestas como Sensation.
Así se logra una ocupación casi total de los diferentes espacios con una planificación de ingresos, montajes y desmontajes que consideran las 24 horas del día.
No obstante ello, se ha detectado igual la necesidad de avanzar hacia la mayor utilización de las salas de conferencias, especialmente del segundo piso, por lo cuál se está preparando un proyecto de intervención del edificio para habilitarlo como Centro de Convenciones sin disminuir las otras actividades ni afectar su condición de monumento nacional.
Todo lo expuesto va acompañado de una fuerte actividad de difusión de cada una de las actividades que el centro acoge, especialmente aunque no exclusivamente las artísticas, teniendo como principales soportes la página web, la fachada y la labor con la prensa. Esta labor, así como la programación, está permanentemente evaluada por encuestas al público asistente.
La evolución del trabajo realizado por el Centro Cultural Estación Mapocho, a nivel nacional, nos dice que se trata del primer Centro Cultural de Chile luego del retorno a la democracia y se vincula tanto con la recuperación de espacios de expresión y manifestación artística y cultural, como con el inicio del camino a la creación de una institucionalidad cultural necesaria “con deberes del Estado con la cultura y derechos de las personas en ese ámbito”.5
Su ejemplo ha continuado tanto a través de la Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural durante la primera parte del gobierno del Presidente Ricardo Lagos (2000-2003)6, como de la Unidad de Infraestructura del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes que, especialmente en el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet ha impulsado un Programa de Centros Culturales en las ciudades mayores de cincuenta mil habitantes7.
Paralelamente ha contribuido a generar, colectivamente, una Definición de Centro Cultural que ha asumido el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes: “un espacio abierto a la comunidad, que tiene por objeto representar y promover valores e intereses artístico-culturales dentro del territorio de una comuna o agrupación de comunas. Tiene un carácter multidisciplinario y en él se desarrollan servicios culturales y actividades de creación, formación y difusión en diferentes ámbitos de la cultura, así como apoyo a organizaciones culturales. Cuenta con espacios básicos para entrega de servicios culturales, salas con especialidades, salas para talleres, salas de exposiciones, salas de reuniones, oficinas de administración, bodegas, baños y camarines. Da lugar a los creadores y a las demandas locales de arte. Se desarrolla a través de un Plan de Gestión Cultural que incluye una estructura moderna, con personal calificado, lo que le da sustentabilidad cultural y económica al cumplimiento de su fin”.
Definición también recogida por la Presidenta: “Al final de mi mandato contaremos con una red de espacios modernos, diversos y amigables, a la cabeza de la cual hay que situar el nuevo Centro Cultural Gabriela Mistral”.8 De modo que estamos hablando, además, de un conjunto de infraestructuras que están, desde 2001, desplegándose por el país. Así, existirá un Centro Nacional de las Artes Escénicas y Musicales, el Centro Cultural Gabriela Mistral,9 que será nacional no sólo por la relevancia de sus contenidos sino también por su condición de cabeza de una red establecida en todo el país, hecho inédito en nuestros 200 años de vida independiente. Desde el punto de vista de su financiamiento, se buscará perfeccionar el “modelo Mapocho” incorporando unidades de negocio externas a los espacios propiamente artísticos que propendan al autofinanciamiento del nuevo centro.
De hecho, el Centro Cultural Estación Mapocho ya ha aceptado la invitación para convertirse en socio fundador de la corporación cultural que regirá el nuevo espacio y su modelo de gestión está básicamente inspirado en el “modelo Mapocho”. Se producirá entonces allí la coordinación, redes y alianzas que se requieren para gestionar los grandes espacios culturales de la ciudad y también los espacios de las otras ciudades del país.
El desafío es inmenso y apasionante. Estamos a las puertas de dar un salto cualitativo en la gestión cultural chilena. Hasta ahora no hemos tenido la prueba de administrar un centro de esta complejidad, pero tampoco la tuvimos cuando en los 90 comenzamos con el Centro Cultural Estación Mapocho y enfrentamos la necesidad de gestionar y auto sustentar un espacio patrimonial; sin embargo es una experiencia exitosa de la que sin duda el país se está nutriendo.
1Milton Cummins Jr. And J.Mark Davidson Schuster editores, “Who’s to Pay for the Arts? The internacional search for models of support”. ACA Arts Research Seminars series. NY, NY
2Arturo Navarro, “Cultura ¿quién paga? Gestión, Infraestructura y Audiencias en el modelo chileno de desarrollo cultural” RILeditores, Santiago de Chile, Noviembre 2006.
3Alfonso Calderón, Memorial de la Estación Mapocho. RIL Editores, 2005.
4Harry Hillman-Chartrand y Claire McCaughey. The arm’s length principle and the arts: an international perspective-past, present and future. Who’s to pay for the arts? : The international search for models of arts support / edited by Milton C. Cummings, Jr. and J. Mark Davidson Schuster. New York, NY.: ACA Books, c1989
5Agustín Squella. La Nueva Institucionalidad cultural de Chile, Ediciones Edeval, Valparaíso 2008.
6Ver: Memoria. Comisión Presidencial de Infraestructura Cultural 2000-2003, Gobierno de Chile, diciembre de 2003.
7Ver: Gestión de Centros Culturales e iniciativas públicas. Principios y orientaciones que animan los proyectos financiados por el CNCA. Arquitecto Macarena Frutos. Oficina de Infraestructura y Gestión Cultural Gabinete Ministra, CNCA. 27 de mayo 2008.
8Presidenta Michelle Bachelet Mensaje Presidencial del 21 de mayo 2008.
9El concepto del Centro Nacional de las Artes Escénicas o de Teatro Nacional, está presente en nuestra conversación desde el discurso del Presidente Lagos en mayo de 2006, continúa con las Políticas Culturales 2005-2010, proclamadas el año 2005 y se concreta de cara al 2010.
