_sin asignar_

  • RSS
  • Print
  • PDF
  • email
  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn
  • Digg
  • del.icio.us
  • Google Bookmarks
  • Meneame

El mundo pinta nuestra aldea: administración y gestión cultural en el siglo XXI

Cristina Fuentes La Roche desarrolla en un artículo publicado por el Real Instituto El Cano la idea de “marcas culturales globales”<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–>.

El centro del planteo parece ser este:

“Mientras que en el siglo pasado la promoción cultural internacional, y en cierto grado el intercambio cultural, circulaba principalmente por canales oficiales tales como el Instituto Goethe, el British Council o los institutos franceses, y dando prioridad a las manifestaciones artísticas propias, estos nuevos fenómenos de globalización de marcas culturales van más allá de la promoción nacional del país de origen, primando la promoción internacional de la excelencia cultural independientemente de su nacionalidad”

Refiere, entre otros casos documentados minuciosamente, que:

“La expansión del Guggenheim ha recibido críticas de algunos sectores que lo ven como un caso más de “Coca-colanizacion”; un ejemplo de neo-colonialismo en el que la Fundación Guggenheim pone su prestigio en alquiler como si se tratase de una marca comercial, con efectos más allá de lo puramente mercantil. Detrás de la formación de una marca global podría además haber ambiciones de predominio cultural y, con él, de control de los mercados culturales globales.”

Puede vérsela como una idea interesante,  polémica, desacertada o brillante. Pero no es nueva; de hecho había sido expuesta en términos menos amables por Jeremy Riftkin en su libro “La Era del Acceso”.

“Mientras que la era industrial se caracterizaba por la mercantilización del trabajo, en la era del acceso destaca sobretodo la mercantilización del juego, es decir la comercialización de los recursos culturales incluyendo los ritos, el arte, los festivales, los movimientos sociales, la actividad espiritual y de solidaridad y el compromiso cívico, todo adopta la forma de pago por el entretenimiento y la diversión personal.  Uno de los elementos que definen la era que se avecina es la batalla entre las esferas cultural y comercial por conseguir controlar el acceso y el contenido de las actividades recreativas<!–[if !supportFootnotes]–>[2]<!–[endif]–>

Ambas ideas convergen en un hecho más o menos evidente: nuestras aldeas están siendo pintadas por un mundo que tiende a concentrar la producción y continuidad de sentido en algunas pocas manos. Más precisamente, aquellos capaces de imponer parámetros de “excelencia cultural” que, por supuesto, resultan “independientes de la nación”.

En un reciente debate sobre las políticas culturales en el País Vasco<!–[if !supportFootnotes]–>[3]<!–[endif]–> se sostenía, palabra más o menos: no todo lo nuevo, grande y caro es bueno. Se protestaba cierta tendencia a promover acciones culturales espectaculares pero vacías de participación social.

En un sentido parecido un artista porteño<!–[if !supportFootnotes]–>[4]<!–[endif]–> reclamaba que los proyectos culturales duren más que las fotos de los eventos.

El punto es que –más allá de modas y nomenclaturas – sigue habiendo un poder cultural que se presenta como superior frente a unos otros – nosotros, por momentos –  a los que se ve como inferiores a culturizar.

La buena conciencia – queremos creer – pretende plantear una dinámica “ imperialismo / antiimperialismo” para esta modalidad de “consagración” cultural. Y trata de resolverla en términos de circulación de tecnologías, capacidades de gestión y, naturalmente, prestigio desde una marca consagrada – Guggenheim, por caso – a favor de una propuesta en desarrollo la cual será potenciada por esa suerte de “hermana mayor”. Nada más parecido al imperialismo que un antiimperialismo impuesto.

Parece obvio pero conviene recordar que durante, por lo menos, los últimos doscientos años el desarrollo cultural de los pueblos ha sido sesgado por la dinámica “mundo” – “aldea”.

Las revoluciones americanas y la francesa así como las invasiones napoleónicas modelaron en buena medida la configuración cultural de nuestras aldeas. Y esto sin olvidar que el idioma que usamos es un derivado de la expansión del imperio romano.

Insistimos: la dinámica “mundo” – “aldea” está en la base misma de la conformación de nuestras culturas. De modo que debatir el modelo de administración cultural en términos de imperialismo antiimperialismo es, a nuestro juicio, reduccionista.

El debate que plantea La Roche tiene – parece tener – un flanco muy débil: propone un solo modo o, por lo menos un modo más privilegiado que otros, para el desarrollo de la gestión  cultural del siglo xxi.

La propia Unión Europea tiende a desmentir los modelos únicos al declarar al 2008 como año del diálogo intercultural.

¿Supone esto que rechacemos esta idea de asociación con las marcas culturales globales? De ninguna manera. La idea es brillante – y sostenida por suficiente evidencia empírica.

El punto es que desde cada una de nuestras ciudades necesitamos rechazar toda unicidad aún tomándola. Aunque parezca una contradicción.

Mucho me entusiasmaría que pequeñas ciudades sudamericanas pudieran asociarse a la  marca Guggenheim. Pero no como estrategia central y mucho menos única.

Navegar fuerzas aparentemente contradictorias para buscar convivencias y equilibrios más profundos es condición básica de la administración cultural. Y su mayor desafío sostener la diversidad cultural como herramienta estratégica para el siglo xxi.

¿Y por qué la diversidad cultural habría de ser una herramienta estratégica para la administración cultural del siglo veintiuno? Algunas respuestas posibles:

<!–[if !supportLists]–>-          Nuestros estados abarcan más de una cultura<!–[endif]–>

<!–[if !supportLists]–>-          Nuestras culturas atraviesan más de un estado<!–[endif]–>

<!–[if !supportLists]–>-          Nuestros idiomas expresan más de una cultura.<!–[endif]–>

<!–[if !supportLists]–>-          Nuestras culturas insisten en dominar / expresarse en más de un idioma. Sea por que son multi lingüísticas en su base histórica y social, sea porque tendemos a aprender la lengua del otro para acercarnos.<!–[endif]–>

<!–[if !supportLists]–>-          Nuestras ciudades son crecientemente multi culturales y nuestras culturas se localizan – y particularizan – en más de una ciudad.<!–[endif]–>

La modernidad tendió a la centralización de la experiencia humana. Un estado, una lengua, una cultura. En algunos extremos una sola religión, o su negación como cuestión de estado.

Las sucesivas crisis y conflictos que tal pretensión generó; la revolución de las tecnologías digitales difundidas a partir de la implosión del estado soviético, la pobreza creciente de ciertas periferias y algunos etcéteras más que exceden la dimensión de este artículo ponen en el centro de la agenda la descentralización y la convivencia.

La administración cultural está – o debería – en el centro de este debate. La espectacularidad de algunas experiencias, “marcas” en la mirada que comentábamos, está bien. Forma parte de las industrias creativas de base cultural que tanto impacto están teniendo en nuestras economías. No hay ninguna razón para renunciar a sus potencialidades.

Pero la cultura es creación social e histórica. Garantizar la participación de las diversas identidades culturales es –debe ser – responsabilidad de las administraciones culturales que se pretenden democráticas.

Puesto en el terreno de las herramientas de gestión esto supone, entre otras muchas cuestiones: planeamiento y presupuestos participativos, fondos concursables, participación garantizada de las minorías, articulación público privado, apoyo a la sociedad civil.

Si al observar la gestión cultural de nuestras ciudades éstas son herramientas ausentes entonces seguimos trabajando con administraciones culturales diseñadas hace un siglo; poco más, poco menos.

Fernando de Sá Souza
fernandodesasouza@yahoo.com.ar
http://que-gestionamos.blogspot.com/

<!–[if !supportEndnotes]–>

<!–[endif]–>

<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> Cristina Fuentes La Roche es Directora de Proyecto del Hay Festival Cartagena de Indias y directora de Programación del Hay Festival Segovia Versión pdf disponible en http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/Elcano_es/Zonas_es/ARI28-2008

<!–[if !supportFootnotes]–>[2]<!–[endif]–> Rifkin Jeremy, Paidos, Buenos Aires, 2000 pág. 17