Manuel Rufo
Decir que Manuel Rufo trabaja dentro del campo de la fotografía sería restringir mucho su ámbito de actuación. Quizás el término “productor artístico”, como él mismo se autodenomina, se adecue mejor a la dilatada labor que viene desempeñando desde hace ya treinta años. Un camino en el que, como artista plástico, ha pasado por varias fases creativas hasta evolucionar hacia un uso desinhibido de la fotografía, jugando siempre con la continua descontextualización de significados que posibilita la imagen.

Nos encontramos con él en su espacioso estudio de Madrid con la pretensión de pasar juntos un minuto de tranquilidad, pero el interés que cobra nuestra improvisada reunión hace que ésta se prolongue hasta pasada la hora de duración. Una de las primeras cosas que nos sorprenden de su obra es la disparidad de formas artísticas en las que Manuel se mueve. Fotografía, sí, pero también trabajo con vídeo, intervenciones en espacios públicos, “performances”… La primera pregunta que se nos plantea ante esta multidisciplinariedad artística resulta evidente: ¿cuál es el proceso que sigue el artista plástico?, ¿responde a un proceso de formación o es una cuestión más autodidacta?. Es una cuestión de la propia evolución de tus necesidades expresivas, nos aclara. Se trata de representar tus tendencias, tus vivencias, tus emociones a través del arte y eso es un proceso que va evolucionando con el paso del tiempo. Además, a mi me gusta el aspecto narrativo del arte, el de contar historias a través de la imagen en sus múltiples facetas, algo que el sentido abstracto del arte descuida.
Pese a la austeridad del estudio donde nos encontramos o, quizás gracias a ella, el ambiente que nos envuelve desprende una curiosa sensación de libertad. Esa libertad creativa que todo artista se ve obligado a comprometer en alguna ocasión en pro de las necesidades del mercado. A este asunto Manuel lo califica de trampa. Una auténtica trampa en la que los creadores tenemos que estar con los ojos abiertos para no caer de una manera gratuita y complaciente, haciendo concesiones a las leyes del mercado. De no ser así, se acaba imitando corrientes, algo que va en decrecimiento de la credibilidad del artista. No obstante, y con total sinceridad, Manuel también nos comenta que le encanta cuando consigue recursos o financiación para próximos proyectos. Evidentemente esa relación de propulsión de tu obra artística es la recompensa económica que te permite seguir conociendo, seguir creando, ir haciendo cosas… lo que pasa es que a lo largo de lo que ha sido mi experiencia, ha habido temporadas muy buenas y temporadas muy malas en las que no consigues encajar tu trabajo con las corrientes comerciales. En esos momentos es cuando tienes que replantearte cómo seguir ejerciendo tu actividad creativa un poco al margen de lo que puede ser la compensación del mercado. Y es que esta libertad creadora es algo que hoy en día resulta muy difícil si te dedicas exclusivamente a la producción artística. De hecho, Manuel compagina su faceta creativa con la docente y es profesor de dibujo, pintura y fotografía en diversas escuelas de Madrid.
Nuestra charla fluye con natural espontaneidad en el estudio del artista, situado enfrente del Palacio de Congresos y el cual, nos explica, le hace las veces de hogar. Sin saber casi como, nos encontramos hablando de la teoría psicológica de las necesidades, más conocida como Pirámide de Maslow, y el papel que en ella juega la cultura. Dicha teoría defiende que conforme se satisfacen las necesidades más básicas, los seres humanos desarrollan necesidades y deseos más elevados. Yo creo que la cultura es algo extremadamente enriquecedor, y no te estoy hablando como productor cultural si no como consumidor cultural. La cultura interesa a la gente como un escalón con el que, una vez cubiertas una serie de necesidades básicas, te puedes enriquecer y ampliar tu concepto de las cosas a través de sus diferentes manifestaciones: el arte, el cine, la música… todos ellos pequeños alicientes que hacen que la vida sea un poco mejor. A este respecto, y aprovechando su doble vertiente de creador/consumidor, le preguntamos su opinión sobre ese término tan en voga dentro del campo de la gestión cultural que es el de la “democratización de la cultura”. El principal problema que detecta Manuel respecto a esta cuestión es que, sobre todo en la gestión cultural pública, se atiende más a criterios de rentabilidad social, a las cifras, que a la calidad del producto que se quiere mostrar. Bajo mi punto de vista deben primar siempre los criterios de calidad sobre los criterios de rendimiento social. Quizás la gestión cultural tendría que ser más hábil e ir alternando programaciones con mayor participación social con otras que pudiesen ser, ente comillas, más interesantes, más comprometidas, de más difícil acceso y que también contribuyesen a la formación y educación. Le preguntamos si una programación de calidad y comprometida no puede ser compatible con el hecho de que mucha gente acuda a visitarla. Hay casos en que sí, nos asegura. Pero, por ejemplo, en el terreno en el que yo me muevo, el del arte contemporáneo en España y, concretamente en Madrid, todavía son muy escasos los circuitos de fórums, de debates, de museos, de salas institucionales donde los creadores contemporáneos podamos mostrar nuestra obra, y donde haya una programación continuada donde surjan debates, reflexiones, participaciones… etc. Desde revistatecnic.net entendemos que el apoyo de la administración pública se hace necesario para conseguir esto, pero ¿es desdeñable el papel que puede jugar el patrocinio de la empresa privada? Yo creo que ese es un tema muy interesante y poco explotado aquí en España. No hace mucho, con motivo de la “Noche en Blanco” pudimos ver cómo la intervención de Eugenio Ampudia1 estaba patrocinada por una macrocadena de grandes almacenes de importante implantación aquí en España. Me parece perfecto que la empresa privada apoye no solamente manifestaciones deportivas o muy masivas como conciertos, sino también esta parte más vanguardista de intervención de un artista en un espacio más simbólico. Yo apuesto por un modelo de gestión cultural que busque ese híbrido entre lo público y lo privado.
El clima generado durante la entrevista no puede ser más cálido. La amabilidad e interés con la que Manuel responde a cada una de nuestras preguntas hace que nos olvidemos del paso del tiempo, pero ha llegado el momento de que le planteemos el último interrogante. Durante nuestra charla, Manuel nos ha comentado que fue presidente de la Asociación de Artistas Madrileños creada en 1995 con el objetivo de negociar con el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, así como con otros ayuntamientos periféricos, la consecución de un espacio que mejorase la precaria situación que una capital como Madrid estaba atravesando en materia de creación artística contemporánea. Pasando a un nivel algo más político, le preguntamos por las principales reivindicaciones de esa primigenia asociación de mediados de los años 90 que aún quedan por resolver. La principal reivindicación es que en una ciudad como Madrid, que pretende ser una capital importante dentro del contexto europeo, todavía no se concede la atención que la creación contemporánea requiere. El problema que tenemos en Madrid es que hay grandes “aparatos” culturales como puedan ser el Prado, el Reina Sofía, el Thyssen… y todo eso da mucho dinamismo, pero lo que es la cultura del productor, del artista madrileño contemporáneo no está bien atendida. Al final es una cuestión de voluntad política. El Ayuntamiento de Madrid ha empezado a trabajar por buen camino, pero el apoyo de la comunidad sigue siendo casi nulo.
Nuestra charla llega a su fin. Dijo en una ocasión David Hockney, uno de los principales contribuyentes del Pop Art inglés de los años sesenta, que no es necesario creer en lo que dice un artista, sino en lo que hace. Nosotros, desde aquí, no sólo hemos creído en la obra de Manuel Rufo, sino también hemos coincidido en todo lo que nos ha dicho.
1Eugenio Ampudia es uno de los nombres más significativos en el panorama español del arte contemporáneo. Asiduo participante de las ediciones ARCO desde 1994. Ha realizado numerosas muestras individuales y colectivas en toda España, en Suiza y en Alemania.
