La fiesta cultural
Estamos en el otoño porteño, no les contaré de los colores ocre sobre mi ciudad, Piazzola ya lo describió mejor con su talento musical. Ella ha comenzado a brillar, se inicia la época en que los festivales y los grandes eventos apuran una agenda sin respiro. Esta semana concluyó el BAFICI, el festival de cine de la “ciudad progresista”, el del cine independiente, que se abrió paso a fuerza de calidad. Parece que este año ha batido su propio récord de asistentes, más de 280.000 espectadores en trece salas distribuidas en varios barrios porteños. Y las ganadoras han sido: en la selección internacional “Alamar”, de Pedro González-Rubio (México) y en la selección de Argentina “Invernadero”, de Gonzalo Castro.
Inició también, en estos días la 25 Edición de la Fiesta Nacional del Teatro en la ciudad de La Plata, que nos permite gozar de lo mejor de las compañías de teatro independiente del país como para mostrar que no sólo es Buenos Aires una ciudad dedicada al arte en estas tierras sureñas.
Pero esto no es nada observando lo que sucede en la gran capital, el otoño y sus hojas al viento ya nos anuncian la llegada de las miles de hojas atrapadas en los miles de libros de la “Feria Internacional de Buenos Aires, El libro del autor al lector” en su edición número 36. Recuerdo cuando era una niña, años de oscura dictadura, esperaba con emoción la visita que mis padres me prometían: ir a la feria para conocer a los autores y comprarme un par de libros. Era una situación fascinante para una criatura con perfil de lectora. En esos años descubrí que mucha gente junta mirando libros en los stands de las editoriales, no significaba necesariamente un pueblo lector, pero de todos modos eso era una fiesta de verdad y un espacio para plantarnos y decirles: ven que aquí estamos, resistimos a la noche…
Hoy se desarrolla en un amplísimo espacio en la Rural de Palermo, que en agosto de cada año alberga la fiesta del campo argentino, reducto de la oligarquía agropecuaria vernácula, que avanza y avanza hasta límites increíbles. Cada año, más editoriales, más países invitados, más conferencias y debates, más invitados de lujo, grandes nombres, sublimes talentos de la pluma y yo sigo preguntándome: ¿hoy el pueblo es más lector? Ya superó el millón de visitantes, largas filas de inquietos compradores esperan a que su escritor preferido le conceda una dedicatoria.
Este año obviamente estará dedicada al Bicentenario de la Revolución de Mayo.
Que país maravilloso ¡tantos adictos a la lectura! ¿Cuántos países desarrollados convocan ferias del libro tan extraordinariamente ¿populosas o populares?. Estoy tan orgullosa que suceda en mi ciudad.
¿Qué leerán los changuitos de la puna? ¿Cuántos libros comprarán por año los habitantes de la villa 31 de Retiro? ¿Qué destino tendrán las utilidades que deja tanto mercadeo, por qué los libros de la Feria tienen el mismo precio o mayor que los que compro en lo de mi librero amigo?
Bueno, bueno, ya me aparece esa mirada escéptica y mal intencionada, para qué hacerme tantas preguntas, si lo de la feria es un puro disfrute, queridos míos. Cuerpos sudorosos empujándose en pequeños cubículos con luces dicroicas para obtener la última edición del autor de moda.
¡Cultura para millones! Cualquier ministro de cultura estaría rebosante de tamaña fiesta por los libros. Es por eso que no importa el color político que tengan o su escasa relación con la literatura y el arte, ningún presidente o ministro del tema de mi querido país se ha perdido este maravilloso acontecimiento que es dar apertura a la Feria del libro como se la llama en general.
Y ni les cuento como estamos de “culturosos” con lo del Bicentenario. Este año conmemoramos nuestros 200 años de libertad y nos encaminamos a seguir construyendo nuestro destino de grandeza, es que ya lo dijo un político nativo: “estamos condenados al éxito”. Este trascendental hecho histórico nos coloca en la obligación de conmemorar, festejar, revivir, por lo cual se han dado en organizar cuanta actividad se les pueda ocurrir para dar cumplimiento con esta premisa: festejemos y después vemos. Todo queda embanderado bajo el esplendor de tamaña celebración, ungidos de emoción recordaremos el magno acontecimiento histórico-cultural y a nuestros próceres, por supuesto.
Bajo el paraguas del bicentenario aparecen algunos nuevos emprendimientos para la cultura que son siempre bienvenidos, por ejemplo la Casa Nacional del Bicentenario, nuevo espacio para muestras y conferencias en plena ciudad de Buenos Aires, así como Casas del Bicentenario en todas las provincias argentinas, por lo menos dos por cada una, espacios que funcionarán como centros de cultura para la difusión de actividades locales y de artistas invitados.
Ha quedado sin conclusión aún, el centro de cultura para que las provincias tengan un lugar en la capital cultural del cono sur, que funcionará en el Antiguo Palacio de Correos, monumental obra de arquitectura de principios del siglo XX que albergó la sede del Correo Central por décadas.
El país es una fiesta, todos estamos alborozados porque mayo se acerca y nos sentimos más patriotas que nunca, claro que tenemos algunas cuentas pendientes. Pero bienvenidas las conmemoraciones si de su mano nos traen más equipamientos para la cultura y el arte, más espectáculos de calidad, más historia para ser reinterpretada, más conciertos para disfrutar. Tal vez hasta podamos reabrir el Teatro Colón para la Gala del 25 de Mayo, eso si no se continúa con los despidos del personal artístico y técnico!! Cuánta ópera de la mejor podremos volveremos a gozar.
De cuánto presupuesto destinamos a mantener nuestros equipamientos, a actualizarlos, a ampliar su infraestructura edilicia, de difundirlos, de eso se trata cuando pensamos en términos de una sociedad que respeta su cultura, que la protege, que la ensancha, que la mima, que hace efectivo el cumplimiento de estos derechos de acceso a la cultura para todos los ciudadanos. Es mi deseo que no nos parezcamos a aquellos vecinos que para el festejo de los quince años de la hija, tradicional costumbre por estas pampas, sacaron un crédito para solventar la lujosa fiestita y con estas idas y vueltas de la economía argentina y sus crisis quedaron entrampados en unas cuotas indexadas a valor dólar que terminaron vendiendo, todas las pertenencias valiosas, es decir su patrimonio para saldar la deuda. O sea, festejemos pero ojo con tanto derroche de champagne que ya nos llegará la cuenta.
La verdad, les confieso a través del ciberespacio que me preocupa un poquito tanto alarde de patriotismo sin un verdadero acceso a los derechos culturales para la mayoría de mis compatriotas, y no es que sea pesimista, por DIOS, es que quisiera ver a los museos argentinos contar con los fondos suficientes para que su patrimonio no se degrade, sin recurrir a las asociaciones de amigos para restaurar las obras (que en reiteradas oportunidades se convierten en las dueñas en la sombra del patrimonio artístico, por ejemplo, el Museo Nacional de Bellas Artes). Quisiera que las orquestas juveniles de la ciudad y del estado argentino tengan los instrumentos necesarios para que los niños y jóvenes con menores recursos económicos puedan tocar las mejores sinfonías, quisiera que las bibliotecas tuvieran instalaciones de excelencia con los últimos títulos a disposición, que nuestros artistas tuvieran una jubilación, porque ellos también trabajan aunque de artistas, entre tantos sueños que quisiera ver concretados.
Celebremos sí, pero a ocuparse de lo esencial, de aquello que necesita ser protegido difundido, valorado todos los días, año tras año, aunque no brille tanto, con políticas trazadas a largo plazo que nos incluyan a todos y todas.
