Visiones

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El aniversario de una nación

Mirarnos en un espejo que nos refleja felices, exultantes, dichosos. Mirarnos a los ojos, darnos la sonrisa, querer ser parte de un mismo sentimiento colectivo, este colectivo extraño dado en llamar argentinos y no sentir vergüenza. ¿Cuánto nos ha llevado? ¿Lo habremos logrado o es solo un espejismo, solo durará un fin de semana histórico?

Tomar las calles, caminarlas con espíritu de fiesta, gozarlas hasta que nuestras piernas digan basta y aún así tomarnos un respiro en algún bar y seguir sin más detectando caras conocidas, descubriendo tonadas provincianas y acentos extranjeros.

La Avenida 9 de julio, de la que solemos decir es la mas ancha del mundo, se convirtió en un paseo, en el Paseo del Bicentenario por cuatro días locos, se pobló de stands representativos de todas las provincias, de puestos de comidas típicas de las colectividades que poblaron este suelo, de países exóticos que querían acompañar.

En varias esquinas, escenarios montados con música desde folklórica hasta académica, pasando obviamente por el querido tango, sin saltearnos el rock en argentino puro, ese que tanto nos gusta y nos hace vibrar. Vibrar fue la marca, sentimos vibrar nuestros cuerpos y nuestros corazones.

Necesitábamos vibrar todos juntos, tocarnos, percibir nuestros cuerpos en cadencia ondulatoria con una razón compartida, vibramos juntos y quisimos amarnos en las calles.

A este acto de amor colectivo nos llevo de la mano el festejo de estos 200años de historia compartida, y por supuesto la excusa ha sido el gran espectáculo montado a tal fin. Durante todo el día se podía recorrer el paseo entrando y saliendo de los diversos stands o quedarse frente a los escenarios a disfrutar la música, según nuestras preferencias. Lo mas espectacular sin embargo ha sido el día 25 de mayo. Sobre el viejo cabildo virreinal se proyectó un mapping con fragmentos de la historia que supimos amasar.

Por el centro de la Plaza de Mayo desde la Casa Rosada avanzaron juntos y contentos todos los presidentes de América del sur como mostrando que, al fin, el sueño compartido de San Martín, Bolívar, Artigas, Ohiggins se pudiera plasmar en la realidad: somos una región y queremos estar unidos. A partir de ese momento se inicia el gran espectáculo: el desfile de carrozas alusivas a las grandes etapas de la historia nacional en diecinueve momentos claves, desde el cruce de Los Andes para librar las batallas libertadoras hasta la guerra de Malvinas, pasando por las Madres de Plaza de Mayo con sus pañuelos blancos iluminados por la búsqueda inextinguible de sus hijos. Fueron 3000 actores en escena y nuestros corazones saltaban entre la alegría y el dolor profundo por los recuerdos tristes.

El espectáculo no podía ser mas fantástico, por lo bien montado, por el nivel de profesionalidad, por la calidad de los artistas, protagonizado el grupo Fuerza Bruta dirigido por Dicki James, antiguamente director del mítico De la Guarda, nos ha dejado a todos boquiabiertos.

El fin de fiesta fue a puro rock and roll vernáculo con la batuta de Fito Paez, y una cantidad de artistas invitados al escenario mayor montado sobre la Plaza de la República frente al obelisco porteño. Quizás orientado al público más joven que pudo aguantar estoicamente horas y horas de espectáculos hasta las 2 de la madrugada para entonar el himno nacional. Según los organizadores hemos sido entre 5 y 6 millones de personas las que estuvimos en las calles del Bicentenario.

Qué festejos, ¡¡la flauta!! Diría mi abuelo de haber llegado hasta estas fechas.

Tanta emoción compartida nos ha permitido reflexionar sobre algunas cuestiones aún en caliente: que el espacio público, las calles, las plazas son nuestras, son para vivirlas sin miedos y no el lugar de lo inseguro o de paso rápido; que el pasado amasado con dolor y con felicidad nos pertenece a los ciudadanos en su totalidad y cuyas lecturas y las múltiples interpretaciones, son justamente eso, interpretaciones desde donde intentamos comprender este presente, pero nunca un discurso unilineal montado desde el poder; que podemos convivir sin violencia, darnos el paso, respetar el lugar de cada uno, aceptarnos en la diversidad.

Todo ello sin perder de vista que la cultura popular, los espectáculos multitudinarios pueden ser también herramientas muy tentadoras para gobiernos sedientos de poder y permanencia. Pareciera que en nuestro registro histórico de la última vez que salimos a las calles para abrazarnos y festejar juntos fue en 1978 cuando ganamos el primer campeonato mundial de fútbol, aunque vivíamos en plena dictadura militar, la más sangrienta del siglo XX, salimos a festejar igual. Es que el fútbol es un el elemento de cohesión y un sentimiento compartido en estas pampas, que nos ha regalado momentos de absoluta dicha deportiva; y aún más, es parte de la cultura argentina vivir la pasión futbolera como una bandera patriótica. Pero extrañamente no ha sido el fútbol el que nos ha permitido salir a la calle a gozar y a festejar sino nuestra propia historia y esto si que es un elemento nuevo. Estamos todavía sorprendidos de nosotros mismos por la manera en que pudimos apropiarnos de la ciudad, del sentimiento de argentinidad que nos invadió para tomar las calles y disfrutar de los espectáculos montados con tal fin. Lo más extraño a resultado que no nos permitimos ni la más mínima agresión o actitud de violencia, ni nos embanderamos políticamente con consignas partidarias, todo fue celeste y blanco.

Ha sido justamente un festejo popular y cultural el que nos permitió avizorar que podemos plantearnos otros objetivos y no morir en el intento. Que podemos alzar la bandera y sentir orgullo por ser un pueblo unido más allá de la pasión futbolera.

El gobierno advirtió de manera inteligente que un festejo popular, pero no por eso de calidad dudosa, podía ser el elemento aglutinador para mostrar la cara saludable de un proyecto político que intenta hacer de la inclusión social un eje de gestión.

Colocar a los espectáculos artísticos en el centro de la escena de los festejos del Bicentenario ha sido sin dudas un gran acierto, que ni la más recalcitrante oposición se atrevió a criticar, reconociendo la calidad de las puestas.

Tal vez sería recomendable para la salud pública, que a partir de esta experiencia colectiva, desde las mas altas esferas gubernamentales del Estado nacional y de la ciudad de Buenos Aires, se reflexionara acerca de la importancia de la cultura para la cohesión social, para el desarrollo armónico de los ciudadanos y que esto se viera reflejado en la asignación presupuestaria para las áreas específicas. Que se pudiera medir el impacto positivo que se refleja en el buen humor social que se percibe cuando el arte y las expresiones culturales en sus múltiples formas pueden estar al alcance de todos y de todas. Por supuesto en estos festejos hubo una inversión importante no solo en dinero sino también de recursos humanos capacitados para el armado de los espectáculos, pero estos no han sido percibidos como un gasto sino como lo que realmente es: una inversión pública.

Todos lo expresan: la cultura es un eje fundamental para el desarrollo social, solo falta que lo pongan en práctica más a menudo y con políticas públicas coherentes y consensuadas.