Visiones

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Recordar es extenderse

Simplemente pasaba por allí. Me dije – ¡Una buena pinta me sentará genial para calmar la sed y también la mente! –, y entré. Era un Irish de lo más común. Nada fuera de lo normal. Paredes atestadas de antiguas fotos en blanco y negro, recortes de viejas revistas, periódicos, panfletos publicitarios, grabados de tonos gastados y diversa temática… Todo enmarcado y acompañado por un sinfín de disparatados objetos dispuestos de manera aleatoria. Me acerqué a la barra, tomé asiento y miré en derredor. Siempre me ha gustado esa forma desentendida de decoración en la que los objetos parecen obedecer más a la idea de “encajar” que a la de seguir un orden establecido de antemano. Sin duda, la intención es esa. No se trata tanto de decorar sino más bien de decoro. Será quizás por eso, por el honor y respeto que entraña esa manera, por lo cual de algún extraño modo, el ambiente abigarrado, sin apenas espacios vacuos; reconforta el ánimo y le sumerge a uno en un estado de armonía que no es sino la respuesta inconsciente a ese cálido y personal recibimiento. Lejos de los anodinos y fríos no lugares a los que tan acostumbrados estamos y que nada nos susurran. Lejos de todo. Lejos de ti. Sumergido en el tiempo detenido de esas astilladas paredes de madera, sofás, butacas, sillas, mesas, la larga fila de surtidores, espumosos vasos de oscura cerveza, posavasos con la efigie de un monje, cuidados ceniceros que compiten con los incesantes cigarrillos que han ido formando una densa niebla de aroma confuso, escaleras que suben, otras que bajan, gentes, en grupos, en pareja, solos, y entre todo ello y más; uno se pierde, uno que “encaja” en tiempo y espacio, en el más puro hedonismo. Solo con Johnny O’Tolle, Ó Sirideain, Mac Giolla Mhuire, la dulce Fíonna, Pat O’Connor, el tipo del autorretrato posando orgulloso apoyado en el largo fuelle de su cámara de estudio del siglo XIX, el gaélico del poster, las extrañas letras seguidas, un alambique, un pasado remoto, Aoife, los Tuatha Dé Danann… Pides una negra y de paso un fuisce, un uisce beatha, que traducido del gaélico significa agua de vida. Un whisky. Un buen whiskey irlandés. ¡Qué sé yo…! Un Jameson. Por ejemplo. – Por favor… – Persigues con la mirada la figura de Hellen que dirige sus pasos hacia el otro lado de la barra. Y, allá, “encajado” en la penumbra, casi tanto que parecen fundirse fondo y figura, ves a un hombre que agita su mano diciéndote ven. – ¿Por qué no?… La compañía siempre es confortable. – Apagué el cigarrillo liado y me acerqué.

ESCENA:

– Gabriel… – Dijo con voz ronca y queda, arrastrando las tres últimas letras y ofreciéndome la mano.

Bastaba tan sólo con prestar un poco de atención para percatarse de su estado de embriaguez.

– Yo Ión… Un placer –. Me presenté mientras estrechaba su mano.

– ¿Ión…? ¿De dónde sales tú, eh? Es igual… Parecías pensativo. Como ido. Y bebiendo solo… Bueno, bien… ¿Y esa barba? Es igual… ¡Qué me importa a mí verdad! Ya ves… Yo tengo el whiskey irlandés. Agua de vida, amigo… Agua de vida… – Dijo señalando la botella de Jameson.

Soltaba las palabras una tras otra lentamente sin casi mirarme, y de una manera tan ensimismada que parecía estar manteniendo una conversación consigo mismo. Pero a pesar de ello, bajo esa verborrea tan patética y absurda, como enturbiada por el alcohol, atisbé una profunda y misteriosa fuerza que atrajo en seguida toda mi atención.

– Uisce beatha –. Dije intentando pronunciar con claridad. Y continué –. Yo diría que más bien estaba “encajado”, no ido o pensativo… Eso es otra cosa, ¿no crees Gabriel?

Le miraba fijamente a los ojos mientras hablaba y ladeando levemente la cabeza, alcé el vaso que Hellen me había servido pacientemente.

– ¡Diablos! ¡Bien dicho… Hummm… Jan! –. Espetó en un estallido de energía que le hizo levantarse incluso del asiento.

Su pequeño y enjuto cuerpo se tambaleaba peligrosamente. Allí, con el brazo en alto, derramando parte del amberino líquido de su copa, estaba Gabriel. Al contrario de lo que en un principio cualquiera pudiera pensar: – Pobre hombre, no se tiene casi ni en pie…–; recuerdo que se me antojaba más bien como una figurita de juguete, como un tentetieso. Había algo en él que inspiraba aplomo, determinación y respeto. Algo que parecía funcionarle como ese contrapeso por el cual volvía siempre a su posición inicial y que junto a su semblante, lejos de sugerir pena o derrota, mostraban la actitud y presencia propias de quienes han rodado mucha vida. Era – por así decirlo – un auténtico veterano. – Pensé: un Valentini vetere… –. Ataviado con una camisa a cuadros descuidadamente desabrochada, unos raídos vaqueros que se ceñían más abajo de su ancha cintura sujetos por un gastado cinturón de oscuro cuero, y calzando una deportivas sucias y desgastadas, pero de aspecto cómodo. Ese era su uniforme. Ni galones en sus mangas, ni escarapelas, ni doradas o plateadas medallas, ni insignias, ni escudos, ni brillantes botones… Gabriel era en sí mismo la viva imagen de quien ha luchado en cientos de guerras, pero sobre todo; Gabriel era veterano de la más cruel de todas las guerras: la de uno contra uno mismo. Veterano de la vida. Saltaba a la vista. Sólo era cuestión de prestar un mínimo de interés. Y, precisamente eso, interés, era lo que realmente me empujaba y me seducía como para dejarme llevar por aquel hombrecillo de sabia mirada y estrambótica elocuencia hacia el interior de su mundo. Un mundo que anunciaba en sus lindes la garantía de no salir de allí sin secuelas. Un viaje hacia rutas salvajes. Una experiencia asegurada. Una historia que contar. Sentía que de alguna manera, aquel tipo era como Kurtz y yo como Marlow. Como a punto de entrar en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

– ¡Bien camarada! ¿Es que no piensas brindar conmigo?

Sus palabras fueron como una sacudida que me despertó de aquellos pensamientos. Ahora Gabriel se había acercado a mí y apoyando su poderosa y gran mano libre sobre mi hombro, dejó caer parte de su peso. Podía sentir la gravedad, pero no sentía carga alguna. Era como si una parte de mí se hubiera fundido con otra parte de él. Estaba comenzando a entrar en el mundo de Gabriel.

– Claro, claro… ¡Por supuesto…! ¡Salud! ¡Na zdrowie! ¡Por el agua de vida, los peces y la Mar! –. Convidé, chocando las copas.

– ¡Je via sano! Por las batallas perdidas, porque las vencidas ya fueron celebradas. Por un buen rato sin las medicaciones del buen médico. Por la sombra del rey Hamlet. Por España, esta ciudad y todos los peces muertos que siguen la corriente. Por el pan y circo que nos regalan los señoritos y las señoritas. Por haber estado ahí. Por haberlo intentando. Por no estar ciegos. Por la música del azar. Por el Arte. Por la Cultura. Por quienes la llenan y también por quienes la vacían. Por éstos que van venciendo. Por caballerosidad. Por el honor. Por la flecha que un día se clavará en el centro de la diana. Por las historias. Por Tomás. Y, en fin; por esta ocasión y por los siglos de los siglos, amén –. Me dedicó una pícara y misteriosa mirada y, de un solo trago apuró el resto del whiskey de su copa.

Había ocurrido. Había entrado en su mundo y él lo sabía. Pero lo que no sabía, es que él había llegado aún más lejos, si cabe. Había entrado en mi cabeza.

– Hoy es mi cumpleaños. Es igual… Hummm… Jan… No lo digo por nada. Sin más… Lo digo. Hummm… ¿Me invitas a uno de esos cigarrillos? He terminado los suministros y, resulta que no queda tabaco en la máquina. Bueno, queda, pero no del que yo fumo. Aunque es igual… ¿No te parece? Pero parecen buenos esos tuyos… Hummm… Jan. ¿Sabes? No es de mi incumbencia, pero ¿qué haces con tu vida? Me refiero a qué te dedicas. Aunque, igual mejor me dejas adivinar. A ver, a ver… ¿Arte? Puede. ¿Escritura? Puede. ¿Historia? ¿Historia del Arte?… Puede. Cultura en todo caso… Eso creo yo… Pero quién sabe. Es igual… Hummm… Jan.

Parecía haberse vuelto a perder quién sabe dónde. Hablando de nuevo de manera distraída y sin terminar de formular una pregunta antes de tener su propia respuesta. Otra vez esa perspicaz y retórica intuición.

– No pasa nada Gabriel. No me molestan las preguntas. No sabría qué decirte… Soy lo que soy. Una casualidad inconcebible como todas las casualidades. Pero vamos, supongo que has dado en el clavo. Bueno, clavos… O, eso diría yo. Quiero decir, que ando tocando un poco de aquí y de allá. Como bien dices, en todo caso: Cultura. Ahora por ejemplo estoy intentándolo con la Escritura. Pero bueno, hay también un poco de lo demás. Exposiciones, investigación… No sé, cosas. Ya sabes, todo un mundo eso de la Cultura. Un mar con demasiadas corrientes, donde nadar se hace mil veces más costoso. Pero por cierto, ¡felicidades! ¡Ah! Es Ión, no Jan. Pero llámame como prefieras. No pasa nada.

– Ya, ya… Otro músico frustrado. No quiero ofender… Hummm… I-ó-n –. Deletreó como intentando memorizar –. Decía músico. Músico frustrado. Sí, bueno, imagino que me entiendes.

– Creo que sí. Pero…

– ¡Olvídalo amigo! Es igual… –. Me cortó antes de empezar –. Ha sonado mal. Muy mal. A veces me excedo. Perdona muchacho.

Ya se había liado un cigarrillo y mientras lo encendía sirvió otro par de copas. Le dio unas tres o cuatro caladas seguidas y continuó.

– Gracias por tus congratulaciones. Muy cortés. Pero déjame que te diga. ¡Sin mala intención eh Jan! La felicidad es la manera encubierta que tenemos de evitar nuestras penas y miedos. Así es que prefiero no ser demasiado feliz y así poder dedicarle más tiempo a asumir mis penas y mis males. Pero gracias, de veras. Cambiando de tema, ¿Qué significa eso de “encajado”?

Nunca llegó a decirme su edad. Rondaría sus cincuenta y tantos, pero ciertamente Gabriel era un tipo demasiado gastado. Por eso, creo, no me resultaba violenta su manera de hablar. Era una concesión que, de alguna manera, sentía se le debía. Tomé la decisión de responder y preguntar de manera escueta.

– Bien. Vale, vale… ¿Está bueno el tabaco? ¡El whiskey desde luego que sí! De acuerdo. Te explico. Hasta donde alcanza mi vista, aquí reina el instante. Uno de esos terrenales instantes a los que se pide que duren. Eso es estar “encajado”. Y, ahora mismo, ambos lo estamos.

– ¡Vaya! Entiendo…

Apagó el cigarrillo y volvió a incorporarse. Me miró fijamente, luego agachó la cabeza durante unos segundos, y tomando una pose dramática levantó los brazos y estalló.

LA DRAMATIZACIÓN DE GABRIEL:

HAMLET. – Un Rey de botarga… ¡Oh! ¡Espíritus celestes, defendedme! Cubridme con vuestras alas… ¿Qué quieres, venerada Sombra?

GERTRUDIS. – ¡Ay! Que está fuera de sí.

HAMLET. – ¿Vienes acaso a culpar la negligencia de tu hijo, que debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante ejecución de tu precepto terrible?… Habla.

LA SOMBRA. – No lo olvides. Vengo a inflamar de nuevo tu ardor casi extinguido. ¿Pero, ves? Mira cómo has llenado de asombro a tu madre. Ponte entre ella y su alma agitada y hallarás que la imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.

HAMLET. – ¿En qué pensáis, señora?

GERTRUDIS. – ¡Ay! ¡Triste! Y en qué piensas tú que así diriges la vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo. Toda tu alma se ha pasado a tus ojos, que se mueven horribles, y tus cabellos que pendían, adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados, a quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! Derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación y la paciencia fría. ¿A quién estás mirando?

HAMLET. – A él, a él… ¿Le veis, que pálida luz despide? Su aspecto y su dolor bastarían a conmover las piedras… ¡Ay! No me mires así, no sea que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que al ejecutarlos equivoque los medios y en vez de sangre se derramen lágrimas.

GERTRUDIS. – ¿A quién dices eso?

HAMLET. – ¿No veis nada allí?

GERTRUDIS. – Nada, y veo todo lo que hay.

HAMLET. – ¿Ni oísteis nada tampoco?

GERTRUDIS. – Nada más que lo que nosotros hablamos.

HAMLET. – Mirad allí… ¿Le veis?… Ahora se va… Mi padre…, con el traje mismo que se vestía. ¿Veis por donde va?… Ahora llega al pórtico.

ESCENA:

Hubo vítores y aplausos en el local. La gente en un primer momento se había quedado con la boca abierta mientras aquel alocado y espontáneo personaje dramatizaba y recitaba con tan increíble brillantez.

Gabriel volvió a sentarse, dio un largo trago a la copa y se me quedó mirando como si nada, como si nos hubiésemos quedado en algún momento anterior de la conversación.

– ¿Y bien? –. Preguntó como quien espera una valoración.

– ¡Magnífico! ¡Espectacular! Eres imprevisible –. Respondí entre carcajadas –. Shakespeare. Hamlet. Escena XXVII. Gertrudis, Hamlet y la sombra del rey Hamlet. Realmente genial. Me encanta esa escena. Siempre he pensado que valdría perfectamente como metáfora para muchas de las experiencias, personas, momentos y situaciones presentes en el día a día.

– ¡Lo sabía! ¡Sabía que estaba acertando! Lo leí en tus ojos con la primera mirada.

Estaba pletórico. Como fuera de sí. Y esbozó una sonrisa que pareció cambiar la expresión entera de su rostro. Es más, por un momento hasta parecía feliz.

– ¿No veis nada allí? Nada, y veo todo lo que hay –. Repetí casi como para mí mismo–. Ver o no ver, ese es la cuestión… –. Recité emulando la famosa escena IV del acto 3º.

– ¡Exacto! Ver o no ver…

Gabriel repitió mis palabras como dejándolas caer. Casi tanto como parecía nuevamente haber vuelto a caer él.

– ¿Gabriel?

– Sí… Sí. Así es que te gustan las historias.

– ¿A quién no?

– Bueno… Hummm… Jan. Hay a quienes no les convienen, ¿sabes? Nada como una buena historia para decir sin estar diciendo y, sobre todo, decir sin estar diciendo cosas que a algunos les sientan mal. Ofendidos. Y eso sólo, ya quiere decir una cosa: sentirse aludidos. Bien, pues te contaré una historia. Una sobre eso que antes hablamos. Una sobre personas, dedicación, Cultura, Arte, reyes en la sombra… España, esta ciudad… Una historia sobre Tomás.

HISTORIA SOBRE TOMÁS Y GABRIEL:

Gabriel leía tranquilamente sentado en la incómoda y rígida silla blanca. Las salas estaban igual de llenas o igual de vacías que de costumbre. Era su trabajo desde hacía ya años. No es que le resultase desafortunado o menospreciable, pero sus aspiraciones habían sido un día mayores. Tampoco encontraba nada de malo en ello, al contrario; según estaban las cosas, ¿qué más podía pedirse? Tenía un trabajo. Un sueldo, que aunque totalmente indigno y ciertamente miserable, le solventaba las deudas de una vida común. Pagar un piso, facturas, vestir, comer, coche, gasolina, algún que otro pequeño regalo como salir a cenar una noche o comer una paella frente al mar, ir al cine o tomar unas copas. No mucho más. No mucho menos. Era lo que era. No podía quejarse ni lamentarse. O al menos eso solía pensar en las horas y días ponderativos. Y así funcionaba. Pero el hecho era que Gabriel había caído desde hacía tiempo en un estado de fracaso y frustración por haber ido viendo como, una a una, la mayor parte de sus ambiciones se iban desvaneciendo. El tedio y el hastío eran prácticamente su modo de vida. Dominado cada vez más por estos sentimientos, Gabriel estaba cayendo en una sucesión de espirales cuyo principio y fin eran siempre el mismo: la pérdida de ilusión y esperanza. Muchos días sentía como si una flecha le hubiese atravesado el pecho y, en el intento de arrancarla y curar la herida, parte de aquel dardo se había resquebrajado quedando en su interior provocando una infección que se extendía irreductible por todo su cuerpo. Gabriel estaba herido. Tendido en el campo de batalla rodeado de cadáveres o de aquellos otros que esperan reverentemente a que llegue su hora. Abatido sí, y prácticamente resignado, pero todavía quedaba un ápice de voluntad y fuerza en su corazón. Y es precisamente por éstas, que mantienen aún a flote al barco, por lo que Gabriel no está vencido. Gabriel conocía su suerte demasiado bien y precisamente por ello se había convertido a la doctrina del escepticismo, salvando con ello lo poco que aún hacía de él quien era. Como un veterano de guerra, que habiendo visto el horror en su más pura esencia, decide desprenderse de cualquier idea o sentimiento humanos, para inmunizarse frente a esa realidad, cruel y despiadada que le toca vivir y sobrevivir. Así no hay conciencia. Así es más fácil de sobrellevar. Así es como uno consigue seguir avanzando cuando ya nada es como lo era ayer. Y sumirse en el recuerdo para lograr ese estado de inmunidad. Porque recordar es extenderse y, si uno se extiende, corre menos peligro de llegar al final. Así Gabriel. Sentado en la silla en una de la salas de exposición del museo donde trabaja como auxiliar de sala a tiempo parcial desde hace ya años.

Inmerso en la lectura, Gabriel no se percata de la presencia del visitante que acaba de entrar en la sala. Todo un descuido, considerando que su trabajo consiste básicamente en prestar atención a cualquier movimiento o actividad que suceda entre esas cuatro paredes y actuar como un agente de seguridad frente a algún posible tipo de comportamiento, acción o peligro inusuales. Alguien que rebasa la línea frente al lienzo. Aquel que, osado, se asegura con el dedo índice de que esa escultura es realmente de metal, madera, barro cocido, piedra o lo que quiera que pueda ser. Avisar, o dar un toque de atención, más bien, al profesor que no controla los gritos frenéticos de sus alumnos frente al grabado de la mujer con hermosos y voluminosos pechos. Pedir siempre – por favor – sea cual sea el motivo. Un – perdonen – siempre queda muy cordial. Ese tipo de cosas que daban sentido a la presencia de un Gabriel embutido en el viejo uniforme que un día le concedía gravedad y marcialidad. Que un día le otorgaron de presencia y cierta autoridad. Cuando parecía un tipo serio que se toma en serio las cosas serias. Pero aquellos días quedaban lejos. Sobre todo desde que las noches de Gabriel están bañadas en alcohol y las mañanas nubladas por párpados que caen y lágrimas que no terminaron de brotar. Sea como fuere, ya nada era igual, y precisamente sobre cosas que fueron pero no dejaron de estar, leía atentamente Gabriel en un poema de Wisława Szymborska.

POEMA DE WISŁAWA SZYMBORSKA:

PRIMER AMOR

<< Dicen que el primero es el más importante. Eso es muy romántico, pero no en mi caso.

Algo entre nosotros hubo y no hubo, sucedió y tuvo su efecto.

No me tiemblan las manos cuando encuentro pequeños recuerdos y un fajo de cartas atadas con una cuerda – si al menos fuera una cinta –.

Nuestro único encuentro tras los años fue una conversación de dos sillas junto a una fría mesita.

Otros amores hasta ahora respiran profundamente en mí. A éste le falta aliento para suspirar.

Y sin embargo justo así, como es, puede algo que los otros no pueden todavía: no recordado, ni siquiera soñado, me acostumbra a la muerte. >>

Gabriel siente un escalofrío que le recorre todo el espinazo hasta la nuca. Es tan violentamente certero y tan sumamente acertado lo que acaba de leer que no puede si no sentirse en ello. Más aún, considera la posibilidad de que se trate de un verdadero axioma, de una verdad universal que implica a todos los seres humanos. Repasa la portada del libro y relee el título: – Instante –. Y precisamente es en ese instante cuando levanta la mirada y alcanza a ver al hombre que ya se marcha. Era aquel misterioso personaje que acudía a todas las exposiciones y que siempre – en caso de haberlo – escribía algo en el libro de sugerencias. Vestía ropas viejas y gastadas. Seguramente ropa de segunda mano o recogida en algún contenedor de reciclaje de ropas usadas o, por descontado, de alguna asociación benéfica donde la repartieran. El caso es que a pesar de ello, y del largo cabello que caía descuidadamente contrastado con una cuidada y tupida larga barba, había algo señorial en aquel tipo. Su semblante era elegante y emanaba una extraña postura de indiferencia frente al mundo. Aún así, no resultaba altanero, soberbio, presuntuoso o inabordable; al contrario, inspiraba modestia, honestidad y un insondable y enigmático atractivo que movían a la curiosidad. Además, una suerte de aura de extraña independencia envolvía y potenciaba todavía más, si cabe, esa particular extravagancia que parecía algo innato y singular de aquel peculiar personaje.

Cuando abandonó la sala, Gabriel ya se había incorporado y se mantenía erguido frente a la silla. Guardó el breviario en su desgastado bolso de cuero y se acercó lentamente al lugar donde estaba situado el libro de sugerencias. Sabía de antemano lo que iba a leer pero quería asegurarse como siempre hacía. Las hojas habían vencido por el peso, y tuvo que hurgar entre ellas hasta encontrar lo que andaba buscando. Allí estaba. Como siempre. Como en todos los libros de sugerencias que habían pasado por la sala desde hacía años. Todos los años que Gabriel llevaba trabajando allí y seguramente muchos más antes de él. Con una letra pequeña, rápida y resuelta, se podía leer una dirección postal:

<< Calle de Tomaso Albinoni, Nº3, 03738, Valencia, España. >> Sin nombre, sin firma, sólo una dirección postal, la misma de siempre. Gabriel había leído cientos de veces la misma escritura pero aquel día algo era diferente. No sabía por qué, pero algo que nacía en lo más hondo de sus entrañas le empujaba a copiar aquellas letras y cuando esa tarde se despidió de los compañeros, montó en el coche y sencillamente puso rumbo a la calle de Tomaso Albinoni Nº3.

Tomás mojaba el mendrugo de pan en el café convidando a su inesperado invitado a que se sirviera un poco más. Gabriel ensimismado, pensaba en su abuela y sonreía al recordar aquellas tardes de infancia en las que la veía disfrutar con sus meriendas de pan duro y café. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía feliz y cómodo. Integrado, acompañado, “encajado” en un lugar y un momento. En un instante. Había perdido la noción del tiempo, pero por lo tenue de la luz que se filtraba desde los altos ventanales, dedujo que debían llevar horas allí sentados charlando. Tomás avivó el fuego del antiguo horno de verdusco bronce que estaba situado estratégicamente en el centro de la estancia haciendo las veces de calefactor o chimenea. Era el único elemento de aquella sala que, aún en su viejo y destartalado estado, insinuaba lujo o siquiera decoración alguna. Dedujo que Tomás debía haberlo encontrado en alguna tienda de antigüedades o quizás en algún rincón perdido de la calle esperando a ser reciclado. Como fuera que fuese, allí, justo donde estaba ahora, era donde debía estar. Un capricho de la vida. Tomás dijo algo y entonces Gabriel volvió de entre sus divagaciones y en seguida se reincorporó a la conversación. Saltaban de un tema a otro encontrando siempre el hilo conductor. No era algo que le solía suceder a menudo y, menos aún desde que comenzó su carrera al país de las últimas cosas. Pero aquel individuo era especial. No ya sólo por sus maneras, tanto de vestir como de hablar, de mirar o de moverse; si no por lo que era. A simple vista uno podía descubrir claramente que Tomás era de esos tipos que se toma las cosas con calma, seguros de lo inútil que resultan la preocupación y la planificación, ya que están convencidos de la irreductibilidad de la vida. Detrás de todo; de aquel batín, del fular, de aquellas palabras, aquella mirada, esa pose o ese lugar, estaba el secreto de Tomás: era libre. Un tirado. Un extravagante. Un loco. Un marginado. Pero libre. Y por eso, por tener lo que tantos habían perdido y ansiaban recuperar, por eso, Tomás había sido y seguía intentando ser asesinado una y otra vez. Por puro rencor y envidia. Por frustración. Por esa razón, por todos y cada uno de los intentos fallidos, los reyes en la sombra le habían castigado y condenado; le habían desterrado. Caído en el ostracismo y el olvido. Proscrito y expulsado, Tomás había decidido vivir la vida tal y como él la concebía, tal y como él quería. Para salvarse. Para no desvanecerse. Para no rendir la plaza. Y así Tomás consiguió permanecer. Era señor y amo, rey, en aquel lugar a medio camino entre ninguna parte y el olvido. Pero era rey y era libre. Formaba parte del mundo de las sombras, de acuerdo, pero Tomás era la sombra de un rey y no un rey en la sombra. Gabriel pensó que esa era la razón por la cual siempre se aparecía en las salas de los museos y escribía la dirección de aquel lugar donde reinaba. Para recordar a quien quiera que se interesase que allí estaba Tomás. Que si tan sólo una persona, una sola, decidiera dejarse llevar y entrase en ese mundo suyo; tan genuina y remotamente suyo, se habría hecho justicia. Y resulta que aquella persona había terminado siendo él: Gabriel. Eran la sombra del rey Hamlet frente a frente con el herido y enfermo Kurtz.

Tomás le contaba cómo había sido su carrera profesional. Comenzó por los días de gloria, cuando su obra era expuesta en las más importantes galerías de la ciudad, del país y de muchos otros lugares del mundo. Era joven y tenía toda la vida por delante. Una vida que no dejaba de regalarle sus más hermosos sueños. Quería ser artista y vivir de su obra y la suerte correspondía a sus interminables horas, días, meses y años dedicados en cuerpo y alma al trabajo. Todo iba viento en popa y a toda vela. Pasaron los años. Conoció mundo. Se rodeó de gente importante en el mundo del Arte. Frecuentaba los ambientes más intelectuales. Se sentía parte de algo grande. Sentía que estaba haciendo cosas grandes. Conoció el amor. Conoció mujeres. Conoció a Cora. Veía como sus sueños se cumplían desde el primero al último. Pero entonces, de manera inesperada, llegaron las desgracias. Empezó como un simple hecho aislado. Nada que no hubiera tenido en cuenta como posibilidad, sólo que no estaba preparado, y lo supo cuando ya pasó, como siempre ocurre. Una prestigiosa revista había publicado un artículo donde el “Gran Crítico” de turno despedazaba y arrollaba la última exposición de Tomás. Pensó que no era tan grave. Al fin y al cabo, se trataba tan sólo de una opinión. Pero no fue así. Los generales y los altos mandos formaron una coalición y después de argumentarlo bajo el respaldo y amparo de nuevas formas, códigos y teorías sobre el Arte, decidieron sobre el futuro. Un futuro nuevo y más acorde con la realidad. Eso era lo que decían: – más acorde con la realidad –. Tomás se preguntaba qué significaba eso de “realidad”. ¿Qué realidad? ¿Es que sólo hay una única y verdadera realidad? ¿Estaban hablando de Arte? ¿Qué Arte es único y verdadero? Aquello no tenía ningún sentido. Se oía hablar de cambio generacional. De esta teoría o de aquella otra. De algo nuevo que debía tomar el relevo. Se oía hablar sobre modernidad, posmodernidad, contemporaneidad, y un sinfín de “dades” que a Tomás se le escapaban. Parecían estar hablando más bien de “edades”. Y como al anciano que se le pide amablemente que deje paso, llegaron esos nuevos creadores de esas nuevas formas. Gentes sin piedad y sin voluntad propia guiados por la gran mano que convierte en oro todo lo que toca, y que deshecha con un presuntuoso y arrogante ademán todo aquello que según sus su criterio, está demás. Obsoleto y superado. Cosas que ya no forman parte, que no encajan en esta “Nueva Era del Arte”, donde Tomás sólo descubría superficialidad y frivolidad. Donde ya todo era pura y vana mercancía. Era otra realidad, desde luego; pero por encima de todo, era otro lenguaje, un lenguaje que ni entendía y que tampoco parecía querer hacerse entender. Había llegado la era del concepto vacío de contenido y las formas vacías de sentido. Quienes no secundaron la moción simplemente fueron relegados a la marginalidad. Traicionados por sus propios hermanos de profesión, muchos fueron internados en asilos para esa recién llegada tercera edad. Otros lo intentaron. Se adaptaron al nuevo medio. Pero Tomás carecía de esa virtud. Si algo no podía hacer, era cambiar sus principios. Era demasiado él como para poder convertirse en otro. Quizás fuera por su orgullo y dignidad, pero no pudo. Pesaban más en él la integridad y la honestidad. Sólo podía seguir creyendo en la vida de ese modo y ninguno más. Sólo podía seguir viendo con esa mirada. De hecho, sólo sabía ver cómo veía. Y así fue cómo acabó la vida soñada de Tomás.

Gabriel escuchaba sin perder detalle alguno. Allí estaba. Sentado con aquel tipo que horas antes era un completo desconocido, es más: un verdadero misterio. Pero esto es lo que tiene el hablar. Cualquier cosa que imaginemos sobre algo o alguien siempre resulta ser mucho más o mucho menos de lo que verdaderamente es. Era algo que había comprendido con los años, con los golpes bajos. Por eso, Gabriel era de esos que prefieren afrontar la realidad de las cosas aunque con ello salga herido y magullado. Cualquier fantasma, sea el que sea, carece de forma hasta que se aparece. Si uno espera a tal revelación corre el peligro de vérselas con la más pura y cruda realidad. Desconcertante. Inesperada. Algo que te coge de sorpresa y te petrifica con su mirada. Mejor salir herido. Mejor conocer cuál es la forma de las cosas y ver cómo van cambiando. Así la imaginación deja de perder el tiempo con falsas y crueles posibilidades. Así uno puede hablar y escuchar lo que es y no es. Porque siempre ocurre igual, aunque lo intentemos disimular.

Por lo visto, las cosas habían ido a peor. Cuando la última de la galerías se disculpó justificando que las cosas iban mal en el negocio, Tomás se quedó completamente tirado. Ya no era una cuestión de valores o principios. Nada que ver con el Arte o cualquier ramificación del mismo. Estaba en juego su supervivencia. ¿De qué iba a vivir? ¿Cómo pagar las mil y una facturas? ¿Cómo se las iba a arreglar para llenar el plato de comida? ¿Qué podía hacer? Nada parecía dar resultado. Por mucho que lo siguiera intentando, Tomás sentía en su fuero interno que todo había terminado para él en ese mundo donde un día fue rey. Comenzó a buscar salidas, ahora que aún tenía fuerzas y alguna esperanza, pero cuando la última puerta se cerró, todo se convirtió en oscuridad. Ni siquiera había podido salvar un candil que guiase sus pasos en aquella penumbra que lo fue envolviendo todo. De la noche a la mañana se encontró con nada más que polvo y cenizas del mundo donde había estado viviendo. Las obras iban almacenándose en infinitas cajas que se fueron amontonando y apilando una encima de otra en un cementerio de muertos vivientes. Él había dado la vida a cada uno de todos aquellos entes y ahora los condenaba a la vida eterna encerrados en sus embalajes de cartón. Se sentía tan mal que cayó sobre él la desgracia del nihilismo. El alcohol comenzó a dominar su vida entera, desde las primeras noches de amargor, hasta los días, semanas, meses y años de la más completa ebria soledad. Cora no pudo continuar. No pudo con el nihilismo absoluto y destructivo. Por el camino decidió separarse de aquel agujero negro en que se había convertido Tomás. Sencillamente no podía. Lo había intentado, pero nada daba resultado. Era la única posibilidad de salvarse. Ella tenía buenos ingresos económicos y se comprometió a pagar el alquiler del estudio y a ingresar mensualmente una modesta pero generosa cantidad de dinero en la cuenta bancaria de Tomás. Así era Cora. Así le quería.

La decadencia continuó. Sin dinero. Sin sentido. Sin ganas de vivir. Rumbo fijo hasta la cama de un hospital donde salvaron la triste y vacía vida de Tomás. Tras este primer encuentro con la muerte, la cosa cambió. Se trasladó al estudio, donde plantó su nueva residencia. Vivía rodeado de vida encerrada en jaulas de cartón y cinta americana. Sufrió. Sufrió hasta que todo dejo de tener importancia. La segunda vez fue cosa del corazón. Según el médico, se había salvado de milagro. Unos chavales le habían encontrado casi sin vida entre un charco de vómitos y orines a la puerta del estudio. Cuando le dieron el alta, Cora y sus más allegados amigos, le dieron un ultimátum. Tenía que dejar de destruirse. Tenía que volver a ser él. Volvió al viejo estudio y una noche de insomnio comenzó a desembalar un viejo lienzo de grandes dimensiones. Lo apoyo contra la pared y se pasó el resto de la noche observándolo. Cuando los ojos ya no pudieron más por el dolor y el cansancio, se cerraron y durmió. Esa noche volvió a soñar por primera vez en muchos años. Soñó. Y así, fue cómo Tomás volvió de entre los muertos. Porque soñó, soñó. Y bastó para recomenzar con todo, incluso con todo aquel ayer allí. De hecho, fue precisamente ese ayer condenado, el que liberó a Tomás. Viviendo entre cajas que comenzaron a funcionar como tabiques, sillas, mesas… El espacio, el tiempo, la vida y la persona se alinearon y la conjunción dio como resultado a aquel individuo. Tras los avatares de la vida ya no había resquemor y frustración. Todo se convirtió en una lección que a medida que iba aprendiendo le insuflaba de la fuerza suficiente para aceptarse y para elegir quién ser. Se reconocía, y por tanto, se conocía. Sabía quién era y lo que quería ser: él, Tomás. Tomás el artista. Libre. Libre como sus obras arrancadas del cautiverio. Y cuando venían las vacas flacas, él se alimentaba con otro dibujo, otro grabado, otro lienzo, otra escultura… Que sacaba de las interminables pilas de cajas. Cajas que iba reponiendo con sus nuevas creaciones, con su nuevo “Arte Renacido”. Ese era Tomás. Su hogar, su estudio, su salón de té, su galería, su museo… Ese era su mundo. Esa era la vida sucediendo en el estudio de la calle de Tomaso Albinoni, Nº3, 03738, Valencia, España.

Gabriel se incorporó. Volvió a repasar con la mirada el espacio y al personaje sentado frente a él. No sabía qué decir. No sabía cómo actuar tras haber conocido la historia de Tomás y de aquel lugar. Lo único que le venía a la mente era que aquel era un verdadero santuario dedicado al Arte, a la vida, a la superación, y a la libertad. Y aquel hombre vestido con batín, fular y zapatillas, era el guardián y protector de no sólo eso, sino también de un mundo y un modo de vida en extinción. Sintió lástima de sí mismo. Miró a Tomás fijamente a los ojos y le hablo. Parecía estar confesando sus pecados, pero lo que hacía en realidad era sencillamente resumir su vida. Una vida llena de fracasos y batallas de las cuales algunas seguían sin terminar. Le contó a Tomás sus lejanos días de estudiante en Historia del Arte. Después destacó la gran época de viajar por el mundo y conocer. La época en la que según Gabriel, se sentía fuerte como el Sol. Vinieron después algunos nombres de mujer que Gabriel nombró con solemnidad y cargados en sus letras de pena y resignación. Recibió una herencia de un pariente al parecer lo suficientemente rico como para permitirle la posibilidad de montar una galería de arte en el centro mismo de la ciudad. Fue una época de grandes hazañas, pero no duró. Los listos, los que supieron cómo y cuándo cambiar de criterio, para ajustarse a esa “Nueva Era” de la que había hablado Tomás, se hicieron con el negocio y Gabriel tuvo que cerrar la galería. Tras esto, dedicó su tiempo a estudiar una oposición para Técnico de Cultura que nunca llegó. Hipotecó su casa, su coche, su vida entera, para crear una empresa de gestión cultural. Durante un tiempo se hicieron grandes cosas, pero aquello tampoco funcionó. Siguió tirando como pudo, arrastrando ya con él la botella y el escepticismo. Conoció una gente con la que montaron una revista sobre Cultura en general; desde Gestión Cultural, Música, Teatro, Ópera, Arquitectura, Arte… Una revista que se mantenía muy al margen de los convencionalismos y por cuya sincera y particular manera de hablar, acabó en una ruina de ventas y tiradas en imprenta cada vez más cortas hasta llegar a cero. Miraba a Tomás con cierta vergüenza. La crítica había destrozado toda su vida de trabajo, y ahí estaba él, confesando que se dedicó un día a ello. Podría haberse excusado en tal y cual, pero la verdad es que no sentía razón alguna para sentirse culpable o mal por haber sido columnista en la sección de crítica artística. De hecho, era de las pocas cosas seguras que tenía. Sabía con certeza que aquello se le daba bien y nunca dedicó sus letras a los peces gordos y a las palabras sabias de los nuevos sabios. Ni siquiera solía hacer mención alguna de todo ello, ya que habría sido lo mismo que hablar de ello. Recordó algunos artículos un tanto cáusticos, pero no eran por norma la dinámica general. Lo dejó pasar, como para quitarle importancia, y volvió a la línea cronológica de su vida. Después de la revista, poco a poco fue vendiendo sus palabras a otros que le pagaban lo justo para cubrir las necesidades básicas. No duró mucho. Pronto cayó en la espiral. Miró a Tomás con una muestra de fraternidad y complicidad, quien afirmo con un leve movimiento de cabeza. Lo siguiente eran un sinfín de trabajos eventuales que nada aportaban y así llego a la actualidad. Trabajaba en un museo a tiempo parcial como asistente de sala. Estaba perdido. Vacío. Esclavizado por la bebida y la pena. Incapaz de mantener una relación. Incapaz de sentirse feliz. Incapaz de salir del sistema. Incapaz de dejar de sentir miedo. Incapaz de sentirse libre. Ya no era sino un hombre herido y enfermo, incapaz de curarse. Cuando llegó al final de su patético resumen, Gabriel fue consciente de que las lágrimas inundaban sus ojos y surcaban sus mejillas. Era la primera vez que lloraba así desde hacía años, muchos años. Se dejó llevar, y las lágrimas pronto dieron paso a un brutal acceso de llanto. Tomás se acercó hasta donde estaba Gabriel y le acarició la espalda y los hombros como señal de que debía desahogar toda esa pena contenida. Cuando Gabriel consiguió calmarse, se sintió ridículo, pero algo en su interior parecía haber desaparecido. Algo que llevaba tiempo presionando su pecho. Vio que Tomás revolvía entre unas cajas y cuando encontró lo que buscaba, se acercó con una satisfecha sonrisa en su pálido rostro. Era una litografía donde se veían a modo de caricatura un tucán bebiendo cerveza y debajo un texto en negro y rojo pálido sobre un fondo ocre amarillo. Era a simple vista un cartel publicitario sobre cerveza Guinness, seguramente un encargo que pagó las lentejas de un mes… Lo más curioso del cartel era el texto que estaba escrito en inglés y dictaba así:

<< If he can say as you can

Guinnness is good for you

How grand to be a Toucan

Just think what Toucan do. >>

Gabriel lo leyó atentamente y se echó a reír. Tomás comenzó a reír también y le dijo a Gabriel que quería regalarle aquel grabado. Antes de darle tiempo a éste para que comenzara con excusas o pretextos de no poder aceptar aquello, Tomás añadió una frase casi en un susurro:

– Pintar es recordar amigo mío. Recordar quién eres y lo que eres. Recordar tu libertad. Tan sólo pensar en qué puedes llegar a hacer. Como dice el Tucán, amigo… Como dice el tucán… –

Sabía lo que tenía que hacer. Cerró con un fuerte portazo, como le habían dicho, y se dirigió al coche. Sentado al volante, Gabriel se sentía diferente. Sentía algo que ya casi no recordaba. Se sentía animado. Sentía esperanza. Ilusión. Sentía fuerza y determinación. Sentía como si hubiese dejado caer de su espalda la pesada mochila con la que llevaba cargando desde hacía tantos años. Se sentía liviano, etéreo, incorpóreo, ligero. Se sentía feliz. Libre. Rebuscó en la guantera y encontró las viejas tarjetas que, imprimidas tiempo atrás, usaba para presentarse como Crítico de Arte y Comisario de Exposiciones. Allí estaban su mail y su teléfono móvil. Cogió una y por un instante dudo, pero como guiado por una fuerza mayor, salió del coche, se acercó hasta el estudio de Tomás, y la introdujo por la ranura de la parte baja de la puerta. Pensaba que así tal vez un buen día recibiría una llamada para hablar sobre la posibilidad de llevar a cabo una exposición o escribir un artículo sobre el viejo Tomás. Volvió al coche y cuando la llave giró para accionar el mecanismo del motor, no sólo éste arrancó; también Gabriel volvió a arrancar. Había recuperado la vista.

ESCENA:

– Bueno… Hummm… Jan. ¿Qué me dices? Una buena historia, ¿no? –. Gabriel esperaba mi respuesta.

– Es realmente buena… ¡Sí señor! Una buena historia… –. Respondí aturdido todavía.

Habrían pasado por lo menos un par de horas. ¡Qué sé yo! Pero me había concentrado tanto en la historia que me estaba narrando Gabriel, que me daba exactamente igual.

– Son cosas que a veces pasan y merecen ser contadas… ¿No crees Jan? –. Continuó Gabriel.

– Sí… Sí… Por supuesto…

– Bueno yo me voy. Aquí te dejo con el último trago, supongo… O no, ¿qué me importa a mí, no? Es igual… Hummm… Jan. Lo dicho. Si es que lo he dicho… Bueno, que eso… Que nos vemos en la próxima estación camarada. Un placer charlar contigo.

Gabriel se había levantado más mal que bien, y me hablaba mientras intentaba atinar con el brazo por la manga de su chaqueta vaquera. Luego levantó la mirada y en un vago intento por parecer sobrio, abrió sobremanera los ojos y me extendió la mano.

– De acuerdo Gabriel. Sigue el camino de baldosas amarillas y ve con cuidado, me disgustaría no encontrarnos en la próxima estación. Serías un gran compañero de viaje, sin duda. El placer ha sido mío –. Estreché de nuevo su mano –. ¡Oye! Por cierto, ¿qué tal anda Tomás? –. Pregunté.

– Tomás… Sí… El viejo Tomás… Murió. Resulta que unos días después de nuestro encuentro recibí una llamada de un número de teléfono desconocido. Pensé: ¡Éste es Tomás! Pero resultó ser Cora, su mujer, ¿recuerdas? Me llamó por mi nombre. – ¿Gabriel? –. Dijo con gravedad. Respondí que sí, que era yo. – ¿Con quién hablo? –. Ella contestó que era Cora, la mujer de Tomás. Y me lo dijo sin tapujos. Ni un solo titubeo. – Tomás ha muerto –. Sí, amigo, Tomás murió. Dijeron que fue un accidente. Por lo visto la misma noche en que nos vimos, todo el estudio ardió. Todo se quemó según la versión oficial porque Tomás se durmió y dejó el viejo horno con el fuego encendido. Supongo que sólo quería dormir caliente, pero una chispa debió de saltar de una de las ascuas y prendió fuego a la caja de cartón más cercana. Dijeron que con la cantidad de cartón y papel, el fuego se debió propagar rápidamente. Encontraron a Tomás sentado, tal y como yo le dejé. Dicen que se asfixio mientras dormía. El humo debía ser muy denso… ¡Quién sabe lo que realmente pasó! Pero sí, Tomás murió. Calcinado como los antiguos reyes. Ardió junto con todo su reino. Lo único que consiguieron encontrar en condiciones fue mi tarjeta. Una corriente la empujó hacia fuera, y cuando llegaron los bomberos, la encontraron frente a la puerta. Extraña la vida… Así es que eso es lo que pasó, hummm… Jan. Tomás… El viejo Tomás…

No podía creerlo. Me quedé paralizado. Era la cosa más terriblemente triste que había oído en mucho tiempo. No se me ocurría nada que decir, así es que alcé mi copa y brindé por él.

– ¡Por Tomás!

– Sí… Por Tomás… –. Dejó caer Gabriel –. Y por el Tucán…

Se dio media vuelta y echó a andar camino a la salida. Podría haberme mantenido en silencio, pero preferí romper con aquel triste momento.

– ¡Oye Gabriel! Una cosa más. Sobre eso de los músicos frustrados… Escribir es componer. Toda escritura tiene un tempo, una estructura, un compás. Las letras suenan. Un texto, cualquiera, el que sea, suena. Eso es música, ¿No crees?

– ¡Ja! –. Soltó –. Nada más lejos de la verdad amigo Ión.

Y se fue.

Me giré. Apoyé los brazos sobre la barra y di un largo trago a mi cerveza. Entonces fue cuando me percaté de dos cosas a las que no había prestado atención. En la pared, entre la foto de la antigua destilería y un salvavidas de los años cuarenta, estaba el grabado del tucán. Enmarcado y ligeramente ladeado. Me quedé mirando fijamente. Perdido en la historia sobre Tomás y Gabriel. Fue Hellen quien me sacó del trance. No me había dado cuenta, pero una sonrisa se había dibujado en mi rostro. Justo en ese momento, cuando Hellen limpiaba la barra de ceniza, cerveza y whiskey irlandés, descubrí una servilleta arrugada donde se podía leer algo. La cogí y leí.

<< No son iguales el ciego y el que ve. >>

Corán, azora del Creador, 19.

Parecía la letra de Gabriel. Al menos estaba justo donde había estado sentado. Y recordaba haberle visto garabatear cosas mientras contaba su historia. Sin duda, aquello estaba escrito por Gabriel.

Repasé nuevamente el grabado. Volví a leer. “What Toucan do”. “What you can do”. Medité las palabras, me levanté, pagué, y sencillamente me fui.